La noche del 8 de septiembre en el Movistar Arena de Madrid fue realmente mágica. Para mí y, probablemente, para las más de 16.000 personas que caben en el recinto madrileño. Y volverá a serlo en las tres próximas veladas que cierran el Gigante Tour de Leiva este 2026. Seas su fan incondicional o un simple mortal que se sabe Lady Madrid o Princesas de haber salido más de una noche por Malasaña, ir a uno de sus conciertos es una experiencia colectiva que hay que vivir al menos una vez en la vida.
El bolo comenzó con seis canciones que el artista cantó casi sin respirar: Bajo presión, La lluvia en los zapatos, Gigante, Lobos, Terriblemente cruel y Superpoderes se deslizaron suavemente por nuestros oídos hasta que, por fin, José Miguel nos deleitó con su voz hablada: “Ya sabéis que yo no hablo mucho”. Entre algún que otro fallo técnico –“esta p*ta m*erda de p*tos cascos se me rompen el 85% de las veces- y bromas con su equipo, el de Alameda de Osuna reconocía sus nervios, a pesar de su larga trayectoria y de haber pisado el escenario del antiguo Palacio de los Deportes en unas 20 ocasiones. “Sostengo la teoría de que cada año, los nervios y la ilusión, el compromiso y la responsabilidad suben. Durante la prueba de sonido tenía un sentimiento de terror como si no tuviese experiencia en la música”, se expresaba ante sus fans.
Desde que la cantó en La Revuelta junto a algunos grandes de la música española, El Polvo de los Días Raros tenía una alta expectación detrás sobre cómo sonaría en directo. No decepcionó; la atmosfera que se creó durante los cuatro minutos de canción fue hipnótica.
Otro de los highlights de la noche fue la sorpresa que Leiva tenía preparada para sus fans. El artista registró —y continuará haciéndolo durante los próximos conciertos— la voz de todos los asistentes para que formen parte, como un multitudinario coro, de su nuevo disco. Hace unos días se publicó el estribillo del que será uno de los temas que conformen este proyecto para que todo el mundo pudiera aprendérselo. Durante el concierto, y con la ayuda del saxofonista, que marcaba la entrada, sus más incondicionales lo cantaron a pleno pulmón mientras guardaban silencio durante el resto de la canción. Un momento que ya no suele verse ni vivirse en un concierto: sin móviles —el artista pidió amablemente que no se grabara para mantener la expectación— y con todo el recinto en completo silencio.
Aunque durante este momento no se escuchaba un alma, el silencio fue aún más profundo, sentido y conmovedor con el homenaje a Robe. Con las pantallas proyectando un primer plano del nombre de quien fuera durante 32 años la voz de Extremoduro, escrito sobre la guitarra acústica de Leiva, un cantante emocionado -como cada vez que lo menciona- y un público respetuoso y entregado, sonaron los primeros acordes de Hombre Pájaro. Un tema que el cantante versionó por primera vez en Sonorama y que volvía a repetir en el Movistar Arena, reconociendo lo mucho que le costaba hacerlo. “Su música era especialmente compleja, lo que pasa es que a los oídos sonaba muy simple. Esa es la diferencia entre los que hacemos música y los genios”.
Tras este bloque, el más emocionante del concierto, la nostalgia recorría cada uno de los rincones del recinto con alguno de los hits de Pereza o temas antiguos como No te preocupes por mí. Un viaje a los 2000 con parada en Pienso en aquella tarde, Como lo tienes tú, Estrella Polar o Lady Madrid, que no puede faltar en ninguno de sus conciertos. La noche acabó con Caída Libre, Como si fueras a morir mañana y, por supuesto, Princesas, que sonó mucho mejor que cuando la ponen en las discotecas a las 5 de la mañana como señal para irte a tu casa. Esta última nos la dejó a nosotros, a su público.