Rafael Álvarez, El Brujo, es un animal escénico y un gran contador de historias ¿Vive para actuar o actúa para vivir? No lo sabemos pero de lo que estamos seguros es de que en las tablas se le ve en su salsa.
Con este nuevo montaje sigue indagando en ese cruce entre religiones. En el punto de conexión entre los evangelios, Jesucristo, Krishna y el hinduismo. El yoga aparece como conexión con el interior y El Brujo aparece vestido de azul eléctrico con cuello mao, con un aire de distinción yogui. En su texto hilvana fino. Hace chascarrillos de actualidad hilando la manifestación por Ceuta con su texto y la profundidad de sus confesiones sagradas, místicas, interpretaciones varias, así como contando detalles de su biografía o experiencias curiosas.
Le acompaña, a la izquierda del escenario, el músico Javier Alejano, tocando el violín y aportando breves matices y unas melodías de calado intimista. La escenografía es minimalista: dos sillas, una mesa con varios libros. Y poco más. Pero no se preocupen hay golpes escénicos. Y lo relevante, y donde está la sustancia, radica en ver a El Brujo desplegar su poder escénico.
Todos los chascarrillos no son ingeniosos, la mayoría sí. Nadie es infalible. En su fluir escénico descubrimos a un actor y creador dispuesto a reinventarse a pesar de que acuda a otras obras anteriores para hacer un sofrito y ofrecernos un nuevo espectáculo.
El arte de sobrevivir vive también del teatro y de su magia. La civilización va a la deriva y El Brujo nos saca unas cuantas carcajadas. Encontramos el punto de volcarnos hacia dentro, de recordar los valores, de redescubrir el amor, de ahondar en la luz y rechazar las sombras. Aunque de las sombras también se aprenda.
Los evangelios se funden con la filosofía oriental. Navegamos hacia la confluencia, en un mundo posible donde las religiones se hermanen. Donde todo nos alumbre hacia la risa pero también hacia un nuevo despertar. Acaba el espectáculo con una mini meditación guiada, y acto seguido nos retuerce golpe de música vibrante. Salimos con una ilusión renovada por vivir ¿Es el amor por el teatro? ¿O es la inyección de amor y de vida que nos ha inoculado? No lo sé. Pero El Brujo ha vuelto a hacer magia con el público.