Guille Galván © Jerónimo Álvarez.
Durante años, Galván ha sido una de las plumas más finas de la canción española contemporánea dentro de la exitosa banda madrileña. Pero aquí hay un cambio claro. Las canciones ya no buscan sostener cierta épica ni llenar grandes escenarios mientras aglutinan dos años de búsqueda interior respondiendo a una manera profundamente personal de hablar de sí mismo, de su vida y de su visión del mundo.
El disco parece construido desde un espacio mínimo, casi como un refugio levantado con una guitarra, una habitación y, por primera vez, su propia voz.
¿Cómo surge la idea de este disco?
Llevaba más de veinte años componiendo para la banda y girando mucho, tocando en sitios muy grandes. Tenía la necesidad de parar y separarme de todo eso, conectarme con la música y las canciones desde otro lugar. De esa voluntad fueron naciendo estos temas, desnudos y directos. Surgen también de una época complicada; el duelo de una despedida. Así que las canciones fueron acompañándome casi de una misma manera. Me han ayudado a recorrer este camino, pero también se han convertido en un alumbramiento y en una celebración de los que están cerca.
Tengo entendido que casi nadie lo sabía…
Eso es, apenas lo sabían mi mánager y mis compañeros de grupo. Necesitaba trabajar sin ninguna presión ni tiempo. Como los pintores en sus talleres. Cuando estuviese, si me convencía, publicaría el material. Hasta entonces era algo privado para Héctor, el ingeniero y co productor, y yo. A medida que fue tomando forma se fue incorporando más gente, pero ese fue el germen.
¿En qué medida crees que tus canciones en solitario están relacionadas con las que compones para Vetusta Morla?
Supongo que en la medida en que soy la misma persona que las escribe, aunque creo que el punto de partida ha sido diferente. Quería encontrar canciones que se defendieran con una guitarra y una voz y hablar de cosas que tenían mucho que ver con lo que estaba viviendo y la gente que me rodeaba. Por primera vez tenía la urgencia de hablar de mi familia, la de origen, la actual, mis hijos. La gente que me ha ayudado a ser lo que soy.
No sé, el disco habla de mi, pero desde los demás. Y me fui dando cuenta poco a poco que un material así solo lo podría defender con mi propia voz. Esta vez no estaba haciendo un guion para que lo interpretaran otros.
Si este disco fuese una película, ¿qué escena sería su plano inicial o final?
Uf, déjame pensar. Arranca con alguien muy al límite, exhausto y con una explosión muy cerca, probablemente la haya liado gorda en la calle de al lado y busca refugio en algún lado para que no le pillen mientras toma aliento con las manos en las rodillas. El plano final sería un primerísimo primer plano de alguien en paz, después de haber recorrido un largo camino, en un interior cálido.
El título de Nadie con ese nombre vive aquí … es una referencia a la canción de Springsteen My Father’s House incluida en Nebraska, ¿Tenías en mente ese disco como referencia minimalista?
Sí, desde el principio quería hacer un disco de habitación. No sé si existe el género, ni si hay líneas que unen este tipo de discos pero me parecía un reto muy interesante armar un disco con lo básico necesario para defender la canción. Donde el oyente tuviese que imaginar lo que falta y el carril de conducción fueran la guitarra y la voz. Nebraska, Pink Moon, los primeros de Elliot Smith, el primero de Bon Iver, el Dear Darkness de PJ son álbumes muy diferentes entre sí pero que me flipan y creo que tienen que ver con esto que comento. Pensaba que esas limitaciones iban a formar parte de la personalidad del disco.
Da la impresión de que las canciones son como secuencias de una película… Hay muchas imágenes de casas, carreteras y espacios vacíos. ¿Pensaste el disco como una geografía emocional?
Supongo que sí, suelo escribir pensando en lugares en donde ocurren cosas, como si fuera un arquitecto que plantea situaciones en una escena y dejo que los elementos se relacionen entre ellos.
¿Tenías previamente en la cabeza como sería el sonido y la atmósfera que recorre el disco?
Perseguía un sonido directo, que permitiera a quien lo oye estar en la misma habitación en la que me encontraba yo grabándolo. Que las acústicas olieran a madera y que los arreglos le dieran ese toque más abstracto o cinematográfico en contraste con un disco tradicional de guitarra y voz. No era hacer Nebraska, no tenía sentido, sino partir de esa idea para ir regando las canciones hasta que fueran floreciendo.
¿Qué personas han sido clave para ayudarte a dar forma a todo?
Héctor ha sido fundamental en todo este proceso. Durante meses hemos estado mano a mano dándole forma a todo. A nivel anímico fundamental también. La coach vocal Patri Ferro me ha dado también la confianza suficiente para enfrentarme a las canciones. Ambos me han ayudado mucho a creérmelo desde una perspectiva de intérprete, yo estaba acostumbrado a la de compositor.
Y luego, evidentemente a las personas que han coproducido varias de las canciones: Campi, Pablo Martin Jones, David Soler, Marcel Bagés y, por supuesto, Carlos Raya, que no solo ha mezclado el disco, sino que me ha dejado material y guitarras.
¿Cómo gestionaste el tema de la voz a la hora de enfrentarte a las grabaciones?
Quería grabar la guitarra y la voz a la vez, no dejar las tomas vocales para el final como se suele hacer en la mayoría de los discos, precisamente para encontrar una manera de cantar creíble pensando en la canción y su pulso y no estar pendiente solamente de la voz.
Me pasé meses haciendo el repertorio casi a diario hasta tenerlo interiorizado. Es difícil saber a quién le cantas cuando no has hecho conciertos previos. Así que Héctor, cuando se incorporó al proyecto, se convirtió en mi aforo completo. Le cantaba como si fuera la sala del concierto. Una vez dominado esto, le dimos al REC.
¿Cómo resumirías los veintitantos años que llevas en la música?
He vivido la transformación de la industria del formato físico al digital, que ya, en sí mismo, es un mundo. Creo que el más grande tiene que ver con la individualización y el acorte temporal de todos los procesos. Cuando empecé había muchas más bandas y se pasaba mucho tiempo en local de ensayo trabajando y perfeccionando antes de entrar en un estudio. Al estudio solo iban los mejores, era una meta poder entrar a grabar en un estudio profesional.
Hoy ese proceso de composición, arreglo, producción y grabación es casi simultáneo en muchos casos. Los estudios caseros permiten juntar todos esos tiempos. Se ganan algunas cosas, pero creo que se pierde convivencia y tiempo para entender y dar valor a ciertas cosas.
La cultura de local de ensayo no solo construye canciones, también vínculos, criterio y cierta perspectiva. Y creo que ese tiempo compartido deja una huella muy importante en la forma de entender la música y también en la forma de sostener una carrera a largo plazo
¿Cómo te has encontrado tocando las canciones solo ante el público?
De momento han sido solo presentaciones para poca gente, promo de teles y radio. Me voy haciendo poco a poco. Me gustaría plantear algunas presentaciones para el invierno. Aun le estoy dando vueltas a cómo hacerlo.