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Marta Kayser

POR Javier Agustí

16/06/2026

Llegamos al último capítulo de la temporada de #CreadoresConFuturo, la serie audiovisual de Revista El Duende y Metro de Madrid dedicada a quienes están dando forma al Madrid del mañana.

Fotografía y vídeo: El Plato en la mesa

Hemos quedado con Marta Kayser (Madrid, 1986) en la boca de metro de La Latina, muy cerca de algunos de los escenarios que aparecen en las páginas de su primera novela gráfica, La fábrica de papel (Lumen, 2026). Haremos el trayecto hasta Marqués de Vadillo en la línea 5 para acercarnos al puente de Toledo y Madrid Río. Desde allí transcurrirá nuestro paseo y conversación.

¿Qué haces habitualmente cuando viajas en metro? 

Trato de “no hacer”. Y de permitirme que el trayecto sea “un parar”. Ya me están llevando, ya están haciendo el ejercicio por mí. Qué menos que estar un poco parada, permitirme pensar. O simplemente observar. Muchas veces lo que hago es chequear el cuerpo y decir “hoy estoy un poco más nerviosa, voy a respirar”. Sí que puedo caer en la tentación de abrir el móvil para leer sobre la actualidad, pero ese levantar la mirada y ver que todo el mundo está en esas, me digo: “no, no, a guardarlo y a estar”, simplemente.

Una de las cosas que tiene Madrid, aquello tan repetido de “es que todo está muy lejos”… Sí, pero tenemos la oportunidad de aprovechar los trayectos para hacer, leer, pensar, respirar, observar.

Tras el viaje en Metro comenzamos nuestro paseo caminando sumergidos con el intenso aroma de los jazmines de estrella, o falsos jazmines, de Madrid Río, un proyecto paisajístico en el que participó el estudio Burgos & Garrido, en el que ella trabajó como arquitecta, aunque ella no participó en el mismo. Esta primavera tan frondosa tras las intensas lluvias me desvelará después que ambos compartimos alergia al plátano de sombra. Ella también tiene alergia al olivo. 

 

En el segundo capítulo de su libro, del que acaba de salir publicada la segunda edición, aparece ella hablando con su tío. Y cuenta que, al entrar en la carrera de Arquitectura, en primero, un profesor les hizo un cuestionario sobre su propósito por el que se habían metido a estudiar. Y que no valía contestar aquello de: “me meto en Arquitectura porque quiero cambiar el mundo”. Y ella contestó con esa ingenuidad de quien tiene un firme propósito en sus primeros años de la edad adulta: «Yo dije, “cómo que no”. Pues evidentemente. Yo quiero ser arquitecta porque quiero adquirir el compromiso, y creo que es la profesión necesaria para intervenir y mejorar la vida de la gente. En cómo habita en lo individual y en lo colectivo. Y contesté tal cual».

Ha aparcado, al menos de momento, esa profesión tras alguna decepción: «Siempre he querido ser honesta con lo que hago. Uno de los motivos por los que me salí era el inmovilismo que veo en la profesión». Ahora está centrada en promocionar su fantástica primera novela gráfica (ya les anticipo que vendrán más), una obra que es el resultado de una investigación en torno a sus raíces y su pasado familiar. En concreto sobre su padre, su abuelo y su bisabuelo paternos. Para hablar de todo ello nos sentamos a la sombra en una terraza junto al viaducto.

Con la literatura, ¿crees que también se puede cambiar el mundo o a las personas?

Yo siento que sí. Para mí este trabajo ha sido muy terapéutico. Creo que en la medida en que somos capaces, los creadores y creadoras, de poner en orden nuestros mundos y encontrar las herramientas para luego traducir todo ello en un lenguaje mucho más accesible… Creo que las lecturas, o las películas que vemos, etc., nos permiten entendernos un poco mejor, atrevernos también a dar pasos hacia delante.

 

Me comentabas que llevas decenas de entrevistas de promoción del libro, pero, ¿eres más de estar detrás o delante de la cámara?

Normalmente prefiero encuadrar la foto porque me encanta observar. Y me encanta escuchar lo que la vista o el paseo tienen que decir. Pero el libro también me ha servido mucho; porque, claro, yo me expongo muchísimo. Es un ejercicio de desnudez que he intentado hacer con mucha honestidad. Me ha servido para limar esos miedos de estar al otro lado de quien está enfocando, es decir, ser el centro de la cámara. Aunque en general tiendo a ser la persona que está a cargo del disparo el libro me ha ayudado mucho a no tener miedo a ser el centro. 

¿En qué momento decidiste “abrirte en canal” y aparecer como personaje en tu obra? 

Pues ha sido muy paulatino porque, efectivamente, en el proceso de construcción del libro había un rechazo profundo a aparecer yo misma como personaje; ya ni siquiera que mi voz estuviese más o menos presente. El relato se ha ido construyendo alrededor de los otros. Y conforme me iba sintiendo cómoda y veía que tenía una necesidad imperiosa de contar algo desde mi interior empecé a darme poquito a poco el permiso de aparecer. Hasta que finalmente decidí ser quien cuenta la historia. Por eso también en el propio relato tarda en aparecer esa voz, porque hay un arco de transformación. Yo misma he ido transitando mujeres distintas a lo largo del mismo. Quería que esa voz apareciese, y pasase de la contención a la timidez, a la pseudoseguridad y a la confianza de estar contando algo que necesitaba contar.

Cuando iniciaste esta investigación familiar y personal, ¿tenías intención de crear una novela gráfica o comenzaste a investigar por esa pura curiosidad que tenemos todos por conocer nuestras raíces?

Ambas cosas convergen y creo que también estaba la magia de que tenía todo el sentido que yo me embarcara en un proceso así, independientemente del medio que escogiera. Pero, por un lado, esa crisis personal y casi identitaria estaba muy presente. Mi voz interior me estaba empujando a investigar sobre mi propio lugar en el mundo y eso, por algún motivo, me llevaba también a querer investigar la vida de mi padre, de mi abuelo, de mi bisabuelo…

Por algún motivo estoy necesitando dar salida a dos pulsiones que han existido siempre en mí, que son dibujar y escribir. Y son cosas que he hecho desde bien pequeña. Cuando tenía seis años gané un concurso de relatos, el certamen Antonio Robles. Se llamaba Los enanitos y el nuevo mundo (risas). Siempre he escrito y he escrito para entenderme a mí misma. Y he dibujado también para entenderme a mí y el mundo que me rodea. Mi dibujo parte mucho de la observación, del dibujo de calle. A la vez que estás dibujando estás estudiando lo que estás viendo. Y quería hacer estas dos cosas y me parecía que el medio más adecuado era la novela gráfica y, por supuesto, también para darle salida a todo este material gráfico que he encontrado. 

 ¿Y el hecho de integrar en el libro todo ese material documental (cartas, fotografías y dibujos familiares) formaba parte de tu idea inicial?

Lo primero que hice fue un trabajo de recopilación muy intenso, muy exhaustivo y, de hecho, la dificultad estuvo en qué utilizar y qué no. Al final utilicé casi todo porque, aunque no aparezca retratado me ha servido para construir la historia de fondo.

¿Crees que has edulcorado en algún momento la visión de ti misma? 

Creo que me he mostrado bastante fiel. De hecho, los diálogos de mi personaje son los que menos me ha costado armar y construir. Quería una vez más ser honesta con mi voz y con mi manera de hacer y mostrarme. Entonces yo creo que ha sido honestidad profunda.

Comentemos sobre las barreras en la comunicación dentro de la familia. Tú apenas tenías detalles sobre el pasado de la tuya. Decías que tu padre hablaba poco…

Mi padre hablaba poco. Mi abuelo también. Probablemente tenga que ver con que eran hombres.  Me lo pregunto, me parece que es bastante verosímil. Porque, por ejemplo, las mujeres, al menos mi madre, siempre han tenido mucha más apertura con el relato. De hecho, ella tenía ganas de contar. Pero con mi padre y mi abuelo no sucedía así. Pero, al margen de lo que tiene que ver con la masculinidad y con el estar viviendo más contenido, creo que el momento de nuestros abuelos… Yo creo que se negaban el pasado, porque había sido tan doloroso… También fue una pena para los que vivimos con ellos pues, llegados a un punto de madurez, nos faltan respuestas. Sobre todo en el momento en el que nosotros nos hacemos preguntas muy esenciales. Si mi padre me hubiera hablado de sus vulnerabilidades en su momento a lo mejor yo sabría entenderme mejor, por ejemplo. O si su padre le hubiera hablado a él quizá algunas heridas no se hubieran perpetuado tanto. Este libro ha sido un ejercicio de sanación también de todos los silencios, y de reparación.  

De hecho, dedicas el libro a los hombres de tu familia.

Es verdad que quería hacer un poco ese homenaje a los hombres que no se dieron el permiso de tener voz. De alguna manera también quería agradecerles haberme traído hasta aquí. 

El planteamiento de la novela es muy cinematográfico. Estudiaste guion. La cultura visual ha dejado su huella.

Yo siempre he pensado esta novela en secuencias y, de hecho, voy más allá, la he pensado en términos de “yo voy con mi cámara al hombro y a ver qué puntos de vista escojo”. Yo sí me he creído directora de cine… Te iba a decir por un ratito, pero han sido tres años (ríe). 

He visto mucho cine. No he leído tanta novela gráfica, por ejemplo. Creo que ese bagaje también está muy presente.

Luego también me formé en dirección de arte. Siempre he ido picoteando cursos específicos. Hay una parte de mí que siempre tira por ahí. 

Me hace mucha gracia en la novela el paralelismo con tu bisabuelo. Cuando le proponen hacer un proyecto de escenografía en el Moulin Rouge, cosa que le escandalizó.

Bueno, he hecho escenografía. Fue un rollo bastante amateur en un grupo universitario que estaba en la Escuela de Telecomunicaciones y tanto ahí como en la de Arquitectura siempre ha habido grupos de teatros muy potentes. De allí ha salido mucha gente que ahora mismo está en el panorama de cine español. Lo hacíamos con los pocos medios que teníamos. Yo no hacía telones de fondo, sí que era una construcción más tridimensional. Pero me fascinaba, además, el tener en cuenta los cambios de escena, la iluminación, cómo también el espacio cambia según incide la luz, y esto también está muy presente en cómo incide la luz en las viñetas de la novela.

La próxima edición de El Duende está dedicada a la voz humana. ¿Cómo es tu voz interior al leer?

La mía es mecánica. Le falta entonación. Sí, y fíjate que yo cuando leo en voz alta me meto mucho en la modulación, pero es verdad que mi voz interior cuando lee… Tengo que hablar con ella para que me cuente mejor (risas).

 ¿Eres de leer rápido o despacio?

Despacio y subrayando, y con lápiz en la mano… Hay personas que no tienen ningún miedo de usar incluso subrayador en las páginas y a mí me parece que es como una falta de respeto, pero lo vivo desde ahí. No sé por qué. Un libro, me parece algo tan sagrado…

Ese libro subrayado que prestas o te prestan nos dice mucho sobre esa persona… 

Esto me parece precioso. Cómo podemos conocer a las personas por aquello que han subrayado en los libros. Me parece increíble. Dice muchísimo porque subraya aquello que resuena contigo.

Volviendo a la voz… Por un lado, quería saber cuáles son tus voces favoritas, de todos los ámbitos de la cultura. Las que te han transmitido más, que te han tocado más.

Pues mira, desde lo universal citaría a Natalia Ginzburg, que está muy presente; en particular, uno de sus textos, en mi novela. Por la vigencia que todavía tiene su relato. La honestidad y la profundidad contando desde lo pequeñito. Con una potencia y un desgarro, a la vez, alucinante y una bellísima manera que tiene de narrar. Y luego, también hilando con mi gusto y afán por el cine y esas voces con especial presencia hay una que a mí me marca desde siempre, y es escuchar a José Sacristán en cualquiera de los papeles que tenga en cine o en teatro. Cómo esa voz llena el escenario. Y traspasa. Y cómo la modulación de su voz te permite que vayas con él a cualquier lugar que te proponga. 

Me gustaría citar a más mujeres, luego en casa diré “por qué no las has citado”, pero me vienen ahora solo voces de hombres. Está Pedro Casablanc, especialmente cuando recita. En el documental Los días azules, de Laura Hojman, esa modulación en los versos de Machado es de llorar. Es una sensibilidad, una convicción de estar habitando lo que está relatando, que es bellísimo, y luego está la voz de la propia Hojman. De hecho, ella ha puesto voz a quienes no la tuvieron en España, como María Lejárraga. Bastó un documental suyo para ponerla en el mapa en este país. Hace un cine documental extraordinario y con una sensibilidad impresionante. Y también para darle voz a Agustín Gomez Arcos, un literato que perdimos, que dejamos escapar y que acogió Francia y llegó Laura Hojman para ponerle nombre y voz. Yo acabo de leerme Ana y no, y creo que es de los mejores libros que he cogido en las últimas décadas. Maravilloso y una voz, de nuevo, también que muy necesaria, muy valiente. 

¿En lo musical, cuáles son tus voces favoritas?

Voy por rachas, pero me encanta el flamenco. Mi familia materna es de Córdoba. Camarón… Maravilloso. Rocío Jurado… ¡Qué mujer! Porque aparte de su voz como cantante fue una mujer supervaliente. Con muchos reaños.
Pero de repente también te puedo decir Bruce Springsteen. Joan Manuel Serrat me lo pongo a menudo. Últimamente me pongo muchísimo Fiesta. Qué maravilla de tema. Pero es que me pongo de todo. Silvia Pérez Cruz, Los Planetas… Le doy a todo. Me gusta mucho también el rock. Placebo… Me gusta la música en general.

¿Próxima estación?

Hay una necesidad de contar historias, independientemente del medio que elija. Sigue habiendo algo ahí, para mi sorpresa. Porque creí que ya no quería transitar nada que tuviese que ver ni con heridas ni con memoria familiar, pero sigue habiendo algo ahí como diciéndome “oye hay una cosita más”, que a lo mejor luego no es ni siquiera la última. Tiene que ver con algunas cosas relacionadas con la maternidad, pero sobre todo con la memoria de mis abuelos maternos. Con el arraigo y el desarraigo. El dejar una tierra, además, tan de sentirte parte como es Andalucía… Están arraigadísimos. Todo lo que tiene que ver con ese éxodo de los no pocos andaluces que vinieron aquí o a Barcelona y a otras tantas ciudades. Y me parece un acto de valentía y de resistencia brutal también que tiene mucho que ver con su forma de ser. Antes sacaba a colación algunas voces del flamenco que hablan mucho del resistir desde la alegría. Y eso me lo llevo de mis abuelos maternos. Especialmente de mi abuelo Francisco. Era ejemplo de vida. Con una historia muy complicada y de mucho sacrificio, con mucha incertidumbre y una situación económica muy compleja, lo recuerdo solo sonriendo y cantando. Y llegar a su casa y que solo se escuchara Radiolé… Me apetece mucho meterme en sus pieles y entender también qué hay de mí en todo eso. Porque creo que una de las cosas que también está muy presente en esta novela y en mi vida es que yo puedo atravesar lugares de mucho dolor, pero siempre quiero que haya luz. Y quiero transitarlo de esta manera. Creo que mucha parte viene de mis abuelos maternos, especialmente de él. Cuando voy allí me digo: “soy parte. Hay algo en la memoria, no sé si genética, o en la sangre… Cuando pongo los pies en Andalucía…  No querría salir nunca.

 

https://www.instagram.com/martakayser

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