Nunca hubiera imaginado leerme dos libros sobre suicidio en el mismo día. Tampoco que uno de ellos fuera un cómic. Dos historias de carácter autobiográfico que vienen de dos partes distintas del mundo y que, a pesar de ello, comparten algunos puntos. Dos relatos narrados desde las dos caras de la moneda: el que se quiere ir y el que se queda. Son Cuatro Días (Astiberri), de Joan S. Luna y Jordi Pastor, y Seis meses para no morir (Estornino), de Nicolás Ferranti, se acaban de publicar para acercar al público un tema que aún sigue siendo tabú.
¿Cuál era la probabilidad de que, en la misma semana, aparecieran sobre mi escritorio dos libros con la misma temática? Lo primero que me llama la atención son sus títulos. Son cuatro días toma su nombre de una canción de El Último de la Fila, pero también hace referencia a lo corta que es la vida. En ambos libros aparece, de una u otra manera, el tiempo. La vida son días, semanas, meses, años… Lo que está claro es que es algo efímero, que tiene fecha de caducidad. No deja de resultar curioso que buena parte de nuestro lenguaje cotidiano esté lleno de referencias al paso del tiempo: “El tiempo todo lo cura”, “El tiempo lo dirá”, “El tiempo es oro” o “El tiempo y la marea, ni se paran ni se esperan”.
La historia de Joan es, precisamente, un viaje en el tiempo. Del barrio barcelonés de Gracia, el redactor jefe de MondoSonoro recupera un recuerdo que parecía borrado para intentar entender, desde la adultez, una decisión que uno de sus mejores amigos de la universidad tomó veinte años atrás. A través de sus amigos y familiares, se enfrenta a un duelo que en su día no llegó a completarse. Lo hace entre saltos temporales, historias del pasado y conversaciones reales del presente con otras personas que han pasado por lo mismo que él. Es un libro sobre los que se quedan, que el propio autor compara con la serie The Leftovers (2014).
A través del feedback que ha ido recibiendo, Joan ha llegado a una conclusión: cuando ocurrió, en los años noventa, no se hablaba sobre el suicidio. Simplemente pasaba a tu alrededor y tú seguías con tu vida. Y eso fue lo que hizo aquel grupo de amigos. “Cada uno lo fue procesando y después, cuando lo hablamos públicamente, todos le habíamos dado muchas vueltas”, contó durante la presentación del libro en Madrid, en Molar Discos y Libros, junto al dibujante Jordi Pastor y a Alfonso Cardenal, responsable de Sofá Sonoro en Cadena Ser. “La gente no iba a una terapia o no explicaba todas estas cosas; no se discutía tanto como ahora, que se habla muchísimo más”.
Hoy incluso existen cómics que abordan cuestiones que hace unas décadas parecían impensables. Para Cardenal, además, este formato tiene una particularidad: “alivia de la carga emocional que puede tener un ensayo o una novela”.
Son cuatro días es, probablemente, un cómic diferente al que los fans de las viñetas puedan estar acostumbrados. Hay mucho texto, porque abordar un tema tan complejo con pocas palabras debe ser muy complicado. Las palabras se entremezclan con distintos escenarios, notas musicales, letras de canciones —de Cala Vento y El Último de la Fila— y con los personajes dibujados por Jordi. Los distintos colores ayudan a ordenar la narración: el azul claro se emplea para los flashbacks, el verde para la época actual, el azul grisáceo para las entrevistas periodísticas y el rojo para las emociones más intensas.
De Mendoza (Argentina), Nicolás Ferranti cuenta su propia historia. Desde la infancia, pasando por la adolescencia y la adultez, reconstruye todo lo que ha atravesado a lo largo de los años y cómo la muerte parecía querer evitarle a pesar de sus deseos de caminar junto a ella. “Yo la provocaba, le coqueteaba, le sostenía la mirada y le sonreía, esperando que me devolviera la sonrisa”, escribe. Es una autobiografía sobre alguien que organiza su propia muerte durante seis meses y que no quiere dejar cabos sueltos. Pero también es una historia sobre lo que significa volver a empezar, y no solo una vez. El argentino se ha dado más de una oportunidad a lo largo de su vida.
Buena parte de ambos relatos transcurre en un mismo momento vital: el de un veinteañero que todavía no tiene claro quién es, para qué ha venido a este mundo, cuál es su papel o hacia dónde debe caminar. En el caso de Joan, la historia “conecta con la etapa universitaria, con ese descubrir el mundo, con ese ser adulto” y con el comienzo de la vida profesional. Pero también con las personas que uno conoce durante esos años: “nos hemos echado unas risas, nos hemos tomado cuatro cervezas y nos mola la música y nos ponemos a charlar (…) A veces también es un reclamo de esa vida sencilla”. Una amistad de esas que nacen porque alguien se sienta al lado en clase, pero que termina formando parte de una vida. Al final, es una historia no solo sobre el suicidio, sino también sobre la amistad, que en este caso se acaba por “una causa mayor”.
Culpa, señales y preguntas
Cuando alguien decide “quitarse de en medio”, el primer sentimiento que brota entre los que se quedan es la culpa. Es algo que está muy presente en la historia de Luna: “No haber contestado a esa llamada es algo con los que cargaré durante el resto de mi vida” (palabras de una de las viñetas). El libro intenta representar cómo las personas gestionan ese sentimiento y cómo conviven con las preguntas que quedan después. ¿Qué le llevó a tomar esa decisión? ¿Pensó en sus familiares y amigos al hacerlo? ¿Qué le causaba tanto dolor? ¿Podría haber hecho algo para evitarlo? ¿Había señales de que iba a hacerlo y no me di cuenta? Son pistas que, aunque desde la perspectiva del presente puedan parecer evidentes, aquel joven de veinte años no vio. Ahora, con el paso del tiempo, las analiza junto a sus amigos de una forma más pausada. “Cuando me decía que su nombre aparecería en los periódicos, pero porque se habría suicidado, yo me lo tomaba a cachondeo”.

Leyendo a Ferranti, el lector tiene la posibilidad de acompañar al personaje en todo el proceso para intentar responder a todas esas preguntas que quedan en el cómic. Desde que toma la decisión, hasta que lo lleva a cabo. Todo se desarrolla en 130 páginas, que sin problema podrían haber sido muchas más. Pero, es él quien decide qué contar y qué no. Lo explica desde el principio: “No quiero describirlo. Perdón. Hay cosas que prefiero guardarme. Elijo pecar de egoísta esta vez y no compartir mi dolor”.
Los dos libros, además, se leen muy rápido, aunque por motivos diferentes. Uno por su género; el otro, por su estilo. El de Ferranti tiene algo de novela negra, como si uno estuviera leyendo a Javier Castillo o a Santiago Díaz. Frases simples, capítulos que avanzan rápido y una historia que obliga a seguir leyendo. Terminas uno y quieres empezar el siguiente. Necesitas saber el final. Es adictivo.
“Yo no quiero que la gente se deprima”, reconocía Joan. Ambas son historias que, de alguna manera, arrojan luz sobe un tema totalmente oscuro. El catalán lo hace desde el humor, intercalando historias de universitarios con recuerdos dolorosos. El mendocino lo hace a través de un relato desgarrador, pero desde una perspectiva de superación y reconstrucción de uno mismo.
Y quizá por eso sus finales son tan distintos. El de Son cuatro días no es el final real, sino el que a Joan le habría gustado. “Hay una parte de la historia, que es el trasfondo, en el que hay mucha realidad, pero luego también es un poco de autoficción (…) Quería que acabara con luz, por decirlo de alguna manera. Es como a mí me gustaría que todo el mundo pudiera cerrar sus casos”. El cierre de Seis meses para no morir, por su parte, es un final feliz.
Hablar para prevenir
“La primera medida de prevención contra el suicidio es hablar”, escribe en el epílogo de Son cuatro días el escritor, comunicador y trabajador social experto en salud mental infanto-juvenil, Agustín Bonifacio. En un mundo ya casi gobernado por la Inteligencia Artificial, son muchos los que intentan volcar su malestar y “apaciguar su soledad” con este tipo de tecnologías. “Quien elige el consejero elige el consejo, y la IA ofrece una respuesta diferente a la que plantearía un ser humano. Debemos poder escuchar y validar el malestar, no solo reforzar”.
Contactos de utilidad: 024 línea de atención a la conducta suicida · ayuda@telefonodelaesperanza.org · 717 00 37 17