Foto: Lagartija Nick y Kiki Morente en Noches del Botánico © Fer González
Hace 16 años tuve el honor de ver a Enrique Morente, en unos Veranos de la Villa en los Jardines de Sabatini, junto a su hijo Kiki, en un concierto arrebatador, con preludio de tormenta incluido. Fue la última vez que le vi en directo, publiqué crónica para Musicópolis. En aquel momento yo ya presagiaba que ese chaval tenía futuro y carrera si seguía los sabios consejos de su padre.
El martes 14 de julio vi como Kiki tomaba el relevo, junto a Lagartija Nick, para homenajear, treinta años después de su lanzamiento, el Omega (1996). Esa obra cumbre en nuestra historia musical fue un milagro a punto de quedar malogrado en el trayecto. En Omega el flamenco y el rock hacen saltar chispas en un abrazo eterno, único e impresionante.
Nunca pude ver Omega con Enrique Morente, así que carezco de esa referencia para comparar la presente gira. Lo que queda claro es que la comparación entre Kiki y Enrique es maldita. No ha lugar. Enrique Morente era alguien único, un genio, con un quejío especial, un talento natural para superarse, conocer gente y embarcarse en proyectos variopintos, hasta para influir en Los Planetas y sacar su La Leyenda del Espacio (2007). Luego nacieron Los Evangelistas, ese proyecto homenaje a Morente, que surgió de Los Planetas y Lagartija Nick.

Lo que está claro es que Omega sigue ahí candente, explosivo y radiante. Aquí se acentúa la aproximación a la obra, se sumerge uno de otra manera en ella. Escribía Bruno Galindo, autor de la historia oral del Omega para la editorial Lengua de Trapo, que en 1996 Lagartija Nick eran la juventud y Enrique Morente la experiencia; ahora Kiki Morente es el joven, y el grupo de Antonio Arias, las tablas. Visto lo visto en Noches del Botánico, la inmanencia de Omega sigue ahí. El concierto iba a inaugurar el ciclo de conciertos el 3 de junio pero se trasladó al 14 de julio por una intervención médica urgente de Arias, y coincide ahora con la semifinal Francia – España del Mundial de fútbol, pese a ello el público estaba atento a lo que sucedía en el escenario.
Salen todos los músicos con máscaras como queriendo hacer mención a los pordioseros y a los poetas que aparecen en la letra de El Pastor Bobo, que más tarde interpretarán, en la parte del repertorio más flamenca. Kiki salió con ganas, con aires más de rockero que de flamenco (camisa negra, hebilla y botas vaqueras). Y en los primeros compases y versos se nota que se ha trabajado la hondura, el quejío. Lagartija Nick suenan espléndidos, aguerridos en la guitarra de Juan Codorniú, sinuosos en las teclas de JJ Machuca, incisivos en el bajo y la voz de Antonio Arias, y en esta ocasión está Eric Jiménez a las baquetas (en algunos conciertos está el imponente David Fernández) que fue quien conectó a Enrique con los Lagartija.
No interpretan Omega al completo en el orden del álbum. Me descuadra un poco porque el Poema para los Muertos inicial desarma. Pero hacen un recorrido curioso, recuperando el descarte Un cantaor debe morir (“A Singer Must Die”) parece como un homenaje a Enrique esa versión de un Leonard Cohen tan sustancial. Luego siguen Vals en las ramas hermosa y jonda, La Aurora de Nueva York es un deleite en sí mismo y Niña Ahogada en el Pozo, es rompedora, parece que se dirige hacia al declive entre riff y toque flamenco, con ese “Que no desemboca” y el quejío hacia el infinito. Kiki se ha metido en el papel y ha mejorado esa profundidad en el cante. También Como también Sacerdotes. Los dos músicos al toque (Marcos Gago y Nano del Almali) ponen el punto preciso. Un coro flamenco de cinco voces, acentúa la hondura. La parte más eléctrica resulta arrebatadora, como la primera vez que escuchas el álbum.
Las visuales son de esa temática astronómica que tanto gustan a Antonio Arias, lunas y soles en estadios varios. Algo que conecta con la trascendencia estelar de la obra. Todo lo que sucedía en el escenario tenía el magnetismo de la obra, y lo llevaba a un cierto halo escenográfico y teatral. La parte más flamenca resuena con Solo del Pastor Bobo, Adán y Sacerdotes. Antonio Arias clama por Palestina y recibe el aplauso del público. Estrella Morente aparece para cantar Pqueño Vals Vienés y y que también se queda en Manhattan (First We Take Manhattan). Aurora Carbonell, la matriarca sale a bailar, casi como colofón. Aleluya remueve en su intensidad y en su clamor espiritual, y se revuelve en un coro descomunal, y Ciudad Sin Sueño sobrecoge. Pero cierra el concierto otro descarte del álbum, Esta no es manera de decir adiós. El concierto nos ha hecho vibrar con el sonido de los tiempos. En definitiva, ha sido emocionante ver Omega en vivo, 30 años después, y comprobar que sigue siendo una obra igual de rompedora. En este caso la obra adopta otro prisma, dialoga de otra manera con los artistas y con el público, 30 años después. Omega, siempre eterno. Morente, siempre presente.