Fotos: Retratos de Iván Caiña
Hablamos con Iván tras su reciente participación en el festival de la cultura ilustrada de la mano de McDonald’s, marca con la que el artista ha colaborado para la comunicación de su Informe de Impacto Positivo. El evento, celebrado en Hartem Bar bajo el título “Cultura Transformadora: cuando la empresa se alía con el arte”, contó además con la participación de Bernie Lavallén (Mánager de Impacto Corporativo en McDonald’s España y Bróker Cultural), Susana Gutiérrez (agricultora sostenible) y Natalia Núñez (especialista en Historia del Arte y creadora de contenido). La jornada terminó con una intervención colectiva y colaborativa donde los asistentes pudieron acercarse al lettering guiados por el propio Iván Caíña.
Empezaste en el mundo del graffiti y el diseño gráfico. ¿Qué te llamó del lettering y que te da que no encuentras en otras disciplinas?
Es cierto que el graffiti fue ese primer contacto en mi relación con las letras. Aunque fue algo tangencial, me dejó el poso del gesto y la escala con la única intención de jugar y divertirme. Después, el diseño gráfico me dio la estructura, el orden y la comprensión del peso visual, entendiendo que la letra no sólo tenía una importancia a nivel estético, sino que también guardaba un gran poder comunicativo. Sin embargo, llegó un punto en el que sentí que el diseño gráfico, regido por tal constante tendencia, me alejaba del contacto directo con la expresividad desde un lado más personal. Lo que encontré en la caligrafía y el lettering, y que no hallo en lo puramente digital, es la virtud en el error y la honestidad del trazo. En un mundo saturado de píxeles perfectos, la letra dibujada o escrita a mano me ofrece una conexión orgánica con la materia. Me permite ser artesano y artista a la vez. Lo que me da esta disciplina es sobre todo capacidad expresiva, el poder de comunicar no solo a través del significado de la palabra, sino de la emoción de la línea. Es una vuelta a lo esencial, a lo manual, donde cada trazo tiene un ritmo propio.
¿Qué momento crees que vive el lettering como arte en España? ¿Se valora igual el arte de dibujar letras que el de dibujar imágenes?
Creo que estamos en un momento de reencuentro, tras años de una digitalización casi agresiva, el público y las marcas en España han vuelto a girar la vista hacia lo que se siente único y buscan piezas con alma. El lettering y la caligrafía están viviendo un momento dulce, porque ofrecen algo que la tipografía de catálogo no puede dar, identidad y gestualidad, son estas características las que acercan la letra más a una obra de arte que a un mero vehículo conductor de información. A menudo se ha visto a la letra como esto último y a la ilustración como el arte que la acompaña, pero yo lo entiendo de otra forma: la letra tiene tanto poder comunicativo que no necesita una ilustración a su lado que la complemente. Un trazo cargado de intención comunica tanto o más que un dibujo figurativo, tiene peso, armonía y gestualidad y, sobre todo, tiene una narrativa propia. En mis obras sobre papel o lienzo busco precisamente eso, que el espectador deje de leer por un momento para empezar a emocionarse con la letra a través de la mancha. Es por ello que desde hace un tiempo también estoy explorando la contraforma de la letra a nivel compositivo, que no es más que ese espacio negativo en blanco que se genera cuando trazamos una forma. A través de esta exploración estoy creando obra abstracta en la que el foco no está en la legibilidad, sino en la armonía de la mancha. Me está gustando mucho expresarme desde aquí.
En una era cada vez más digital donde existe cierta saturación ¿Crees que se puede revalorizar el trazo manual y humano?
No es que crea que se puede revalorizar, es que esto está ocurriendo desde hace tiempo por pura necesidad. En un entorno donde la inteligencia artificial es la principal amenaza del entorno digital -puesto que el resultado es el mismo y tan solo difiere en el tiempo que tardamos en llegar al arte final- el valor se desplaza hacia lo que una máquina no puede replicar: el alma. El trazo manual contiene la emoción del artista, un pulso y una intención que el píxel no tiene. Cuando trabajo, siempre hay un componente de improvisación, de dejar que la tinta y el soporte dialoguen y sean el vehículo conductor de mis emociones. Aquí es donde encuentro mi mayor inspiración, en el jazz y en Miles Davis, él entendía la música como algo vivo, donde el error o la nota inesperada se convertían en una nueva dirección a explorar. En mi trabajo busco esa misma honestidad, romper la norma técnica para encontrar una manera de expresarme más honesta y profunda. Revalorizar el trazo humano es en realidad, revalorizar nuestra propia identidad. En mis eventos para marcas también siento el valor del trabajo que estoy haciendo, veo que la gente se detiene ante lo manual, porque reconoce en ello algo real y único. Lo artesano se ha convertido en el verdadero lujo contemporáneo.
A la hora de enfrentarte a una obra, ¿qué es lo primero que haces?
Lo primero que hago es pensar en cómo comunicar y eso dependerá en parte de su aplicación. Lo siguiente es despojar al texto de su significado para verlo como una estructura. Me enfrento a cada pieza casi con la mirada de arquitecto, analizando sus pesos, sus volúmenes y el equilibrio entre el espacio positivo y negativo. No veo letras, veo formas que componen y conviven en un espacio. Si la aplicación de la pieza va a ser física y no se va a digitalizar, ahí entra en juego mi parte más fotográfica, decido la intención del trazo y cómo jugará con la luz y la textura sobre el soporte para generar texturas y volúmenes. Una vez definidas las herramientas y el soporte, trabajo en el boceto jerarquizando las partes a las que le quiero dar más peso y después dejo que el proceso se vuelva puramente físico. Ahí es donde permito que la mano tome el mando y el trazo fluya con esa honestidad del momento de la que hablábamos. Al final, mi objetivo no es solo que la palabra se lea, sino que su estructura proyecte una emoción al espectador.
¿Te produce responsabilidad eso de que a pesar de tu juventud te llamen referente o maestro?
La palabra ‘maestro’ me impone un respeto inmenso, sobre todo porque yo me considero ante todo un eterno aprendiz. Es cierto que haber dedicado parte de mi tiempo a la docencia, haber formado a muchos alumnos y haber publicado dos libros me ha colocado en una posición de visibilidad y responsabilidad, pero yo entiendo la maestría no como una meta alcanzada, sino como un compromiso honesto con el oficio. Además, pienso que lo más bonito de una profesión es enseñarla. Mi responsabilidad es ser honesto con mi evolución y seguir investigando. Me gusta pensar que, más que un referente, soy un puente, alguien que acerca una disciplina milenaria y a veces rígida a un terreno más contemporáneo y personal a través de mi propio estilo. Esa es para mí la verdadera responsabilidad, transmitir que la caligrafía y el lettering no son estáticos, sino un lenguaje vivo que cualquiera puede usar para encontrar su propia voz. Hasta ahora lo que he enseñado en mis libros o talleres es técnica, esperando contagiar la pasión por el proceso y el respeto por el trazo manual, pero estoy trabajando para darle una vuelta poniendo el foco en la expresividad, flexibilizando la rigidez de la técnica y tratando de envolver a los alumnos en un proceso ceremonial más cercano al mindfulness, inspirado en la visión que tiene la sociedad oriental sobre la caligrafía.
¿Tienes alguna tipografía favorita? ¿Cuál es la herramienta con la que más te gusta trabajar?
Más que una tipografía, tengo una estructura predilecta y esa es la itálica. Es la base de mi trabajo porque me fascina su ritmo y la ductilidad que ofrece para ser reinterpretada desde un estilo más personal sin perder la armonía clásica. En cuanto a la herramienta, sin duda me quedo con el pincel, creo que es la extensión más honesta y orgánica de la mano. A diferencia de la plumilla, el pincel tiene una sensibilidad extrema a la presión y registra desde el trazo más fino hasta la mancha más rotunda permitiéndome ser muy expresivo en el trazo. Trabajar con pincel me obliga a estar presente y permite que la herramienta aporte su propio carácter, algo fundamental para lograr esa caligrafía gestual y expresiva que busco.
El lettering está muy vinculado al mundo de las marcas y la comunicación. ¿Es aún más difícil en este arte el entendimiento y la conexión entre tu personalidad y la de la marca?
Es un reto constante, pero para mí la clave no es la adaptación, sino la simbiosis. Cuando una marca busca a un artista de lettering no debería hacerlo solo por la estética, sino por su forma de comunicar. Mi personalidad es el filtro a través del cual el mensaje de la marca se humaniza. El entendimiento llega cuando logras que la identidad de la marca y tu estilo caminen en la misma dirección, y para eso tiene que haber un entendimiento previo y un abandono del ego del artista. Yo no intento disfrazar mi estilo para que encaje, sino que busco qué puntos de mi trazo (la fuerza, el orden o la mancha) pueden potenciar el valor de esa marca, y esto es un ejercicio de escucha. Primero entiendo qué necesitan comunicar y luego lo traduzco a mi lenguaje. Cuando esa conexión es honesta, la pieza deja de ser un proyecto para convertirse en una obra con identidad propia que beneficia a ambos.
El lettering está muy vinculado al mundo de las marcas y la comunicación. ¿Es aún más difícil en este arte el entendimiento y la conexión entre tu personalidad y la de la marca?
Es cierto que a veces el marketing busca el impacto inmediato, ese fuego artificial que llame la atención rápido, pero ahí es donde entra nuestra labor pedagógica como profesionales, creo que una de las responsabilidades de cualquier creativo es vender coherencia. El WOW vacío tiene una fecha de caducidad muy corta, lo que realmente permanece es la coherencia. Yo intento hacer entender que la belleza de una letra no está solo en lo espectacular que sea, sino en lo bien que cumple su función emocional. Si sacrificas el criterio profesional, la legibilidad, el equilibrio o la estructura por un impacto momentáneo, estás debilitando el mensaje a largo plazo. Al final, las marcas que mejor funcionan son las que confían en el criterio del artista para encontrar ese equilibrio entre lo que sorprende y lo que es sólido.
Si pudieras encargarte a ti mismo un proyecto, ¿cuál sería?
Sin duda, sería crear una marca de ropa, me fascina la moda porque, al igual que la caligrafía, es una forma de expresión identitaria que se lleva sobre el cuerpo, para mi es arte en movimiento. Me encantaría trabajar en la marca de principio a fin, desde la identidad, pasando por etiquetas y diseñando las prendas, eligiendo el patronaje y los gráficos, donde el trazo manual no fuera solo un gráfico estampado, sino parte de la propia arquitectura de las prendas, incluso terminando cada una de ellas con un detalle hecho a mano. Aplicar mi obra sobre diferentes tejidos, jugando con las texturas, los pesos y las caídas de la tela para que la letra fluya a través del cuerpo adoptando una dimensión tridimensional. Sería el proyecto ideal para fusionar mi obsesión por la estructura y el detalle con la libertad del trazo orgánico, creando algo que no solo se vea, sino que se vista.
¿En el mundo por dónde están yendo las tendencias en el lettering y cuál es el camino que marca tu trabajo actualmente?
Desde hace años, el lettering tiene una presencia total en el sector de la comunicación, desde identidades corporativas y créditos de cine hasta el sector editorial o el gran formato mural. Este auge se debe a la tendencia de alejar la perfección digital para abrazar la imperfección humana a través de la gestualidad del trazo y esto refuerza la conexión con el espectador. Mi camino personal recorre ese trayecto, pero con una intención más profunda, y es que mi trabajo lleva años evolucionando hacia el arte. Me interesa mucho explorar cómo la letra convive en forma de arte contemporáneo, transitando hacia un terreno donde priorizo la emoción de la mancha sobre la legibilidad. Mi obra es cada vez menos legible y mucho más expresiva, ya no priorizo que se pueda leer a favor de sentir la energía del gesto. Estoy enfocado en llevar el trazo a la materia y a soportes físicos donde la letra deje de ser información para convertirse en un lenguaje puramente emocional, táctil y con alma.
¿Cómo ha sido la colaboración con McDonald’s para un proyecto tan específico como trabajar para su nuevo Informe de Impacto positivo?
Hoy en día las marcas ya no buscan solo una estética cuidada, sino que recurren a artistas para humanizar su mensaje y acercarse al público de una forma más honesta. Al colaborar con nosotros, la marca no solo adquiere una identidad única, sino que conecta con nuestra propia comunidad, con esos valores de autenticidad que el público valora hoy más que nunca y esto McDonald’s lo sabe hacer muy bien. La colaboración consistió en intervenir algunas de las piezas de las marquesinas de autobús en Madrid para comunicar su Informe de Impacto Positivo. Lo más interesante fue la narrativa coherente del proceso, en lugar de producir soportes nuevos, les dimos la vuelta a los anuncios de McDonald’s ya existentes para que yo los interviniera directamente. Para mí, este proyecto tuvo una conexión emocional muy fuerte con el graffiti. Intervenir una marquesina en plena Calle Gran Vía de Madrid, pero esta vez con un mensaje de sostenibilidad, me devolvió de alguna manera a mis inicios. Hay algo muy potente en el hecho de que mi trazo, que nació en la calle, regrese a ella para transformar aquello que un día fue un espacio publicitario digital, en una pieza de arte.
¿Qué próximos proyectos vamos a ver de Iván Caíña que nos puedas adelantar?
Lo que viene ahora es una inmersión total en mi faceta más plástica y personal. Mi trabajo actual se centra en una investigación que me apasiona, la abstracción de la letra a través de la contraforma. Me interesa explorar ese espacio negativo, lo que no se escribe pero que da sentido al trazo. Estoy trasladando toda esta exploración a nuevas piezas, donde la caligrafía es solo el punto de partida hacia una abstracción total. Veréis proyectos donde el peso recae en el equilibrio entre espacio positivo y negativo, gestualidad y color, dejando atrás la legibilidad para buscar un impacto puramente visual y emocional. Es un paso definitivo hacia el arte, donde el espectador ya no lee una palabra, sino que habita el ritmo de la forma. ¡Se viene mucho arte, mi gente!
