Foto de cabecera: imagen promocional de Mac de Marco.
Un público entregado jaleaba a Mac DeMarco sin camiseta, al final de su concierto en La Riviera madrileña, el pasado viernes. Antes estuvo haciendo una acrobacia (una vertical de cabeza). Y entre medias desplegó todo su arsenal musical. Para entonces La Riviera estaba entregadísima al músico y compositor canadiense.
Siempre me suscita cierta suspicacia y recele cuando alguien se convierte en un fenómeno global, en algo que trasciende lo puramente musical. No dudo del poder escénico de DeMarco, de hecho lo corroboro. Puedo decir que cuenta con un buen puñado de argumentos en forma de canciones. Y me gusta que sus álbumes tengan algo de conceptual, saliendo de la dinámica contemporánea de los singles. Esas canciones que acaban en una playlist para hípsters o incluidas en una colección de buenrollismo exprés, véase ‘Música para sumergirse en el lago’.
Pijos yendo a conciertos
En la puerta de acceso a la sala unas cuántas personas están al acecho de una entrada de última hora, con pancarta en ristre para estar más visibles. Por eso extraña y choca que en el interior haya mucha gente que esté más pendiente de hacerse selfis y comentar sus hazañas personales a grito pelado, que del escenario. Sobre todo cuando lo que sucede en allí arriba es digno de atención. Pero bueno, “pijos yendo a conciertos”, me dice mi amigo Javi. Será que les sobran los más de 40 euros. Y que prefieren ir a un concierto para marcarse una instantánea, unos stories, un reel, y decir, “yo estuve allí”, que ir a un bar a lucir palmito y verborrea.
Ya de entrada hay algo que se me escapa del fenómeno de Mac DeMarco: cuenta con 22 millones de oyentes en Spotify cuando la música que hace es contemplativa, transpira actitud de hazlo tú mismo o sueno lofi porque son los medios de los que dispongo. De alguna manera De Marco me recuerda en ello a Calvin Johnson y el espíritu de K Records donde grabó Beck ‘One Foot in the Grave’ (1994).
DeMarco es un compositor prolífico, y dotado de muchas aristas, unos cuántos estilos. Bebe de los Beatles, pero no se queda ahí, lo mezcla con la cultura popular del siglo XX y XXI: el smiley del acid, las gorras de beisbol que me conecta con el catalán Ferran Palau, desde aquí os pido que si os gusta DeMarco escuchéis también a Palau, me lo agradeceréis. También resuenan ecos de Damien Jurado, Destroyer, The War On Drugs, Cass McCombs o Matt Maltese. Ahí es nada. Símbolo de calidad.
Happy, Hippie
Su aspecto incita a conectar, bigote rubio, gorra con la palabra «Guitar» inscrita apelando a su álbum de mismo título, y una amplia sonrisa. Todo muy happy, y también muy hippie. Sus canciones indagan en el indie pop y el indie folk. Quizás mirando también a gente como Nick Drake, Elliot Smith, Jeff Buckley, pero sin la carga dramática de éstos.
‘Sweeter’ nos mece como una balada arrebatadora, muy canción pop de cuna. El repertorio se centra en Guitar (Mac’s Record Label, 2025) y This Old Dog (Captured Tracks, 2017). En sus canciones hay algo de dejadez, de pasotismo intencionado, de dejarse llevar. Algo que está muy bien, pero da la impresión de ser canciones desaliñadas, con una tendencia hacia un sonido sucio. En directo las guitarras suenas muy a las producciones de los 90, con un punto metálico o un delay rasgado y vibrante.
‘Rock and Roll’ contiene la magia del folk eterno. ‘Home’ y ‘Holy’ me trae al recuerdo de George Harrison. En ‘Rooster’ visualizo al genio de Nick Drake, con toda la intención y el calado emocional. En ‘Still Beating’ apela al pop de The Smiths. La combinación en una coctelera de esa mezcla resulta perfecta e infalible.
Guitarras, quejío y letanías
Los teclados con aires disco envuelven ‘For the First Time’. Los conciertos de DeMarco son un festejo a medio tiempo. Le acompaña un cuarteto inmenso, mención especial a su guitarra solista y al bajista. Guitarras que expanden su quejío en la letanía junto a unos teclados que acolchan sensaciones y despegan, como sucede en ‘Moonlight in the river’, todo muy “connecting nature”: es el lado psicodélico de la vida.
Mac DeMarco lo tiene. Canciones, álbumes repletos de vitalidad, y un buen rollo que transmite. Aparentemente lo tiene todo para petarlo. Pero no sé hay algo, como impostado o que no me parece natural del todo, que no me creo de Mac DeMarco. El sábado vi a Destroyer en solitario, menudo viaje fue aquello: camino de la genialidad en forma de canción.
El público lo gozó, fue puro regocijo millenial. Acabó un gran concierto, en el que expuso todo su magnetismo, con una bonita versión de ‘Human Nature’ de Michael Jackson, naturalizando la grandeza de Jacko. El poder del folk.