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Paul Naschy

POR Juan Luis Bahillo

01/07/2000

Paul Naschy, nombre artístico de Jacinto Molina, nos recibe amablemente en su casa*. Tiene un aspecto espléndido, y unos brazos enormes. Nos instalamos en su despachito, repleto de papeles, recuerdos y trofeos. Se trata de un hombre hecho a sí mismo, que ha realizado inefables films de terror como La marca del hombre lobo o El espanto surge de la tumba, auténticos objetos de culto entre sus numerosos fans. O Buenas noches, señor monstruo, junto al grupo Regaliz. Nada más verle, ya sabemos que la entrevista no va a tener desperdicio.

Foto: retrato de Paul Naschy en su casa realizada por Eduardo Jáudenes para El Duende en el verano del año 2000.

Hacer cine de género fantástico en España debe ser una aventura.

Para el público es algo maravilloso, y yo me he forrado. Y he hecho forrarse a la gente. Solamente La Noche de Walpurgis dio siete mil millones de pesetas [42 millones de euros], y costó veinte [120.000 euros].

Háblenos de sus primeros miedos infantiles.

El primer miedo consciente que yo tuve fue en un pueblo de Cantabria: mi padre tuvo que escapar porque le iban a fusilar. Yo estaba dormido, y mi padre entró en la habitación de mi madre, con la barba y el fusil, y creí ver una silueta terrible en el vano de la puerta. Entonces me metí debajo de la cama, aterrorizado. El primer monstruo de mi vida fue mi propio padre.

¿Fue un niño impresionable?

No. De haberlo sido, nunca hubiera podido ser corresponsal de guerra en Camboya. Hombre, soy sensible. El segundo miedo fue con mi tío Jacinto. Yo era muy pequeñito, y él metió un palo entre unos matojos, sacando una calavera a la que todavía le quedaba pelo. Y el primer susto que tuve en el cine fue con Blancanieves, cuando sale la bruja. Me hice pis encima.

¿Su fascinación por el terror fue innata?

Yo siempre le he dado un tono romántico al terror. Soy un hombre eminentemente gótico. Durante la posguerra los niños solo teníamos tebeos, como Roberto Alcázar y Pedrín. Que dicen que eran fascistas, todavía no sé por qué. Después, El guerrero del antifaz, que también es fascista, según creo. El hombre enmascarado, El espíritu que camina, etc. Y los seriales: Los tambores de Fu Manchú,  El doctor Satán y el tanque humano… La cultura popular, para mí, es mucho más importante que la elitista. Se ha despreciado la fantasía, cuando el hombre sin ella es muy poca cosa.

Descríbanos su entrada en el mundo del cine.

Antes quiero contar que de joven vi Frankestein y el hombre lobo, con Lon Chaney y Bela Lugosi. Me impactó de tal manera que cuando salí a la calle El Zorro, Robin de los Bosques y compañía se habían ido a hacer puñetas. Uno de los mejores hombres lobos de la historia del cine (con permiso del mío me había mordido a muchos kilómetros de distancia). Para mí es un icono. En Algeciras, donde acaban de hacerme Doctor Honoris Causa, estuvimos viendo La noche de Walpurgis, que yo no considero una de mis mejores películas, pero es legendaria, y la gente me decía: “Es igual que la encuentres mejor o peor, está por encima del bien y del mal». Y tienen razón, porque lo que te marca durante la juventud es de lo que vas a vivir siempre.

¿Tenía claro que quería meterse en el mundo del cine?

Sinceramente, lo veía como una cosa muy lejana. Fui campeón de boxeo de Castilla. Una vez tumbé a un legionario; y cuando me quise dar cuenta, ya no sabía si había ganado o si había perdido. Me hicieron fisuras en las costillas. Una cosa terrorífica. Y mi padre dijo: «Como sigas boxeando te vas de casa”.

¿Qué edad tenía?

Unos veintidós. Al año ya era campeón de España de halterofilia. Un día me presenté como extra en Rey de reyes. Pasé al despacho de Nicholas Ray, quien me pidió que me quitara la camisa. Me miró y dijo: «Contratado». Ray llevaba un parche en el ojo, y luego supe que se lo ponía porque le salía de los cojones, pero bueno. Cuando no hacía de esclavo egipcio hacía de centurión. A mí lo que me apetecía era ser decorador. Pedro Lazaga me metió en un rodaje, y cada que había un papelito, decía: «Que lo haga Molina». Y una noche de luna Ilena me dije: «Coño, ¿y por qué no una película del hombre lobo?». Me dijeron que era como pretender casarse con la reina de Inglaterra. Escribí el guión de La marca del hombre lobo y lo paseé por todas las distribuidoras.

¿Sabía lo que quería?

No tenía ni puñetera idea. Hasta que me enteré que una productora alemana se interesaba por la historia. Dije: «Joder, pues cojonudo». Todo eso estaba muy bien, pero ¿quién hacía el papel?

¿No pensaba en usted mismo?

Para nada. Incluso nos pusimos en contacto con Lon Chaney, quien ya estaba demasiado viejo. Hicimos casting durante días, hasta que nos dijimos: «No se hace». Nos reunimos por última vez, a la desesperada, y un productor alemán se me queda mirando fijamente y dice: «Usted». Hice las pruebas, acojonado, y cuando me quise dar cuenta estaba haciendo la película.

Y ese fue el principio de treinta y dos años de trabajo.

De una cadena de películas. Aunque aquí la crítica le pego durísimo, porque no la entendían. Yo siempre digo que la crítica española es muy zafia, son gente muy frustrada.

Pero parece haber logrado por fin el reconocimiento.

Si yo no me quejo… Tengo la medalla de cultura de Japón. ¿Y qué actores españoles tienen un homenaje en Nueva York? Que yo sepa, ninguno. No es ni Cannes ni leches, es el corazón de Manhattan. Saludo a Antonio Banderas y me dice: «Paul, es que tú no eres un actor. Yo sí, pero tú no; tú eres un ser legendario». Lo único que me falta es el reconocimiento de los mandamases del cine. Pilar Miró me propuso para el Goya de Honor, y como no se firmó el acta en aquel día, se murió y me lo quitaron. Así de alegremente, vamos.

¿Qué tal te fue en Japón?

La aventura más maravillosa de mi vida. Cuando empezaban a ahogarme a aquí, recibo una llamada de Tokio. Allí me pareció que estaba en otra galaxia. Y ya en la productora me dicen: «Bueno, lo primero que queremos que haga usted es el Museo del Prado». Digo: «Pero mis películas son terror». «Sí, sí, pero es que usted tiene un sentido cromático increíble». Cuarenta y dos millones de pesetas por un documental. Es un éxito, se estrena en el cine y todo. A partir de ahí me encargan las Cuevas de Altamira, Felipe II. Hago la primera coproducción hispano-japonesa. Conozco a Kurosawa, quien me regala un casco de samurai…

¿Cuál es el mejor halago que le han hecho?

En el homenaje de Nueva York, ante el revuelo que se montó, la prensa preguntó cuál era la causa, y les contestaron: «Paul Naschy es Dios». Esas cosas pasan conmigo. allí estuvo hasta Tarantino.

¿Es cierto que Spielberg llegó a llamarle por teléfono?

(Sonríe) Bueno, estaba en casa, recién operado del corazón, hecho polvo aunque luego levanté pesas, con tres by-pass que tengo, y mi mujer dice: «Oye, alguien llama diciendo que es Spielberg». Vuelve al rato: «Otra vez, que dice que es él». Total, que ya la tercera vez se pone mi hijo y dice: «Papa, que es Spielberg de verdad, que no hay duda…». Me saludo como si me conociera de toda la vida. Querla conocerme personalmente, le inte resaba mucho mi trabajo, y tenía algunas dudas respecto a algunos datos. Y me dice que si puedo viajar para allá, imagínate. Pero yo había sido operado del corazón, con lo que la posibilidad de trabajar en Estados Unidos se esfumaría. Además, me habló de darme un homenaje junto con Lucas.

¿Cuál de sus películas prefiere?

Creo que la mejor es El huerto del francés. O El caminante, El retorno del hombre lobo, y La bestia y la espada mágica.

¿Alguna película, últimamente, ha conseguido ponerle los pelos de punta?

Ninguna. Pero aprecio el Drácula de Coppola. Tiene un valor plástico asombroso, que es lo que vieron los japoneses en mi cine, donde están Brueghel y  Vermeer. O Sleepy Hollow, que me ha encantado.


*NOTA: Esta entrevista fue publicada originariamente en la edición número 13 de la revista El Duende, en julio del año 2000. Estaba dedicada al género de terror y fantástico.

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