Leonor Lavado (Puente Genil) aprendió pronto que una voz podía ser una puerta, una forma de entrar en otro cuerpo, de convocar una memoria ajena, de hacer que alguien aparezca en una habitación o en nuestra mente sin realmente estar. De niña ya estaba vinculada al teatro y a las artes escénicas, pero fue en 2014 cuando la imitación se convirtió en oficio: un vídeo en YouTube la colocó de golpe como una de las mejores imitadoras de nuestro país. «Pasé de estar en paro haciendo voces en casa a verme, de repente, en un programa de televisión en prime time», recuerda.
El salto, además de laboral, también fue emocional. Lavado habla de alegría y entusiasmo, pero también de inseguridad, ansiedad e incluso depresión. «La gestión de todo aquello fue muy difícil para mí», reconoce. Quizá por eso, cuando se refiere a la imitación, no la reduce al chispazo. Y es que, aunque el público vea un vídeo de un minuto, detrás hay un trabajo minucioso que rara vez cabe en el aplauso rápido de las redes: «Un vídeo de un minuto me lleva tres días de trabajo», explica. La recompensa, sin embargo, viene cuando el otro reconoce esa voz: «Cuando el personaje se identifica de forma inmediata, cuando el interlocutor asocia la voz a alguien que conoce, para mí eso ya es un éxito. Es, en el fondo, haber conseguido que ese personaje esté dentro de ti». Sus primeras voces fueron las de las princesas Disney, como Úrsula, de La Sirenita; Bella, de La Bella y la Bestia; o los ratoncitos de Cenicienta. Más tarde, llegarían las profesionales, como la de Tamara Falcó, Luz Casal o Carmen Lomana.
Pero dejar entrar una voz ajena no siempre significa poder alcanzarla. La imitación exige oído, observación y una sensibilidad extrema para meterse en la piel de otro, pero también conocer los propios límites. Para Lavado hay algunas voces prácticamente imposibles, como la mayoría de las masculinas: «Mi tesitura más grave sigue siendo más aguda que el grave estándar de una voz masculina». También existen voces complejas por su desgaste, por el tabaco, el alcohol o el uso forzado, texturas irreproducibles sin poner en riesgo sus cuerdas vocales. Con el tiempo, ha aprendido a medirse: «Al principio intentaba abordar cualquier voz a toda costa, pero con el tiempo se aprende a medirse uno mismo». También hay que saber hasta dónde acercarse. La frontera entre una imitación veraz y la caricatura es delicada, algo que ella tiene muy presente en su trabajo. «Cuanto más se exagera una imitación, más se aleja de la persona real. Pero también hay personajes que se prestan más a la caricatura que otros. A veces, una imitación demasiado fiel puede quedarse algo plana, mientras que una ligera exageración puede hacerla incluso más reconocible o más efectiva desde el punto de vista cómico», explica.
En el fondo, la voz emociona porque no pertenece solo al cuerpo que la emite. Pertenece también a quien la escucha: a la infancia, al cine, a las frases que repetimos sin saber de dónde vienen. En Leonor Lavado, cada voz ajena parece esconder una pregunta sobre la propia: qué nos delata, qué nos salva, qué queda de nosotros cuando cerramos los ojos y solo escuchamos.
Las voces de su vida
Cuando le preguntamos por la voz o voces que la han marcado en el mundo de la cultura, Leonor Lavado no duda en mirar hacia Leonard Cohen, especialmente hacia su última etapa. «Sobre todo en su último disco, tiene unas letras y una música que para mí siempre han sido muy profundas. He conectado mucho con ellas», explica. En el ámbito español, señala a Rosalía y a Lux, su último trabajo: «Es un disco impresionante, muy potente, que creo que puede llegarle a mucha gente».