Foto: Macarena Berlín © Martin Page.
Hoy, al frente de A vivir Madrid, en Radio Madrid (Cadena SER), disfruta del privilegio de seguir siendo testigo de su tiempo y compartir con los madrileños dos de sus grandes pasiones: la ciudad y la cultura.
Macarena Berlín abandona por un momento su papel habitual para situarse al otro lado de la entrevista en un momento de plenitud en el que asegura sentirse «exactamente en el lugar donde quiere estar».
¿Cómo definirías tu momento vital actual?
Esta profesión te obliga a trabajar mucho, pero disfruto profundamente. Abrazo discursos que me hacen crecer y sigo siendo testigo de mi tiempo, lo que es un privilegio. No siento ansiedad por querer estar en otro lugar. Y eso da mucha paz. Este año me he regalado, al fin, tomar clases de canto. Otra forma de relacionarme con esa herramienta que es la voz, que me ha acompañado toda la vida.
¿Cuándo descubriste que tu voz tenía algo especial?
De pequeña, me decían que tenía una voz bonita en vez de decirme; “que niña más mona”, que era lo normal. No tuve vocación; no lo busqué, la comunicación me encontró a mí. Recuerdo un día que, tras presentar unos premios en Cadena Dial, me quedé afónica. Tenía 20 años y un casting para una campaña publicitaria. Me inventé una voz muy susurrada y rota. Les gustó tanto que me convertí en la voz institucional de esa marca de moda (Sfera) por mucho tiempo. Entendí que la voz era mucho más que un instrumento. Era también una forma de comunicar, de emocionar y, en cierto modo, una herramienta de trabajo con personalidad propia.
¿Cómo se siente una entrevistadora tan experimentada cuando le toca estar al otro lado?
Fatal, fuera de sitio. El otro día Nao Albet y Marcel Borràs, dos dramaturgos locos y maravillosos que amo me decían; “es que no quiero sonar pedante”. Entonces yo también siento que me tengo que poner más solemne, pero no me sale. Intento tener demasiada empatía con el entrevistador y a veces sale raro.
Has trabajado radio y televisión. ¿Dónde hay más verdad?
La verdad puede estar en los dos lugares. La radio tiene algo más desnudo. Estás muy sola frente al micrófono y eso exige mucho. La televisión, en cambio, es más amable contigo. Hay un equipo enorme sosteniéndote constantemente. La radio ha cambiado muchísimo. Ahora la imagen ha entrado de lleno en un medio que antes era exclusivamente sonoro. Los ojos también cuentan si sabes mirar. Uso plataformas, porque en la televisión generalista no encuentro contenidos que me interesen excepto Marc Giró, con el que he trabajado y conozco su talento y calidad humana. La radio es la vida entrando en casa. Tiene una forma física increíble. Es imbatible. Siempre encuentra la manera de sobrevivir a todos los cambios tecnológicos. Lo vimos en el apagón. La radio sigue siendo compañía.
Llevas más de 6 años al frente de A vivir Madrid. ¿Qué quisiste aportar cuando llegaste al programa?
Venía de estar en nacional en la Cadena SER, donde llevo 27 años. Cuando llegué tuve una reflexión muy sencilla: ¿qué es lo mejor que tiene Madrid? Y para mí había dos respuestas claras. La primera era la cultura y especialmente los teatros. La segunda, el tejido vecinal. Madrid está construida por personas que aman sus barrios y que pelean por ellos cada día. Eso me parecía fascinante.
Cuando hablas de teatro transmites una energía y pasión muy especial.
Porque me interesa muchísimo. Tenía claro que quería salir de la comodidad del estudio. Me gusta que sea el programa el que vaya a los escenarios, sentarme en una butaca, hablar con actores y directores dentro de ese entorno mágico. ¡A quién no le va a gustar entrar, por ejemplo, en el Teatro de la Abadía! Lo más bonito es encontrarte a un oyente en una función y que te diga que está allí porque escuchó tu recomendación.
Has escrito dos libros Hablar por hablar y tu primera novela, Háblame bajito de la que hace casi diez años…
El programa Hablar por hablar, en horario de noche, fue un continuo descubrimiento. Tengo una memoria horrible y quería guardarme cosas, por lo que comencé a escribirlas. Me llamó una editorial para proponerme un libro y les dije que ya lo tenía escrito. Es algo que no busqué. Después me llamaron para ofrecerme escribir una novela. Pensé que era una de esas oportunidades únicas que se presentan y no se repiten. Ahora relativizo mucho esto. Decidí escribir una cosa ligera para chicas que tuviera feminismo contemporáneo, un poco de radio y diversión porque necesitaba algo de luz. Fue una experiencia bonita pero agotadora. Me gustaría quedarme ahí. No creo que en este momento tenga algo tan interesante que contar o esté en un lugar tan valiente como las autoras de los libros que leo.
Presentaste el programa Los muchos libros. Escoge alguna de esas voces de autoras.
Me van a acompañar siempre, por ejemplo, Amélie Nothomb de la que compro todo lo que publica. El gran descubrimiento del verano pasado fue Maggie O’Farrell, la autora de Hamnet, y luego hay libros como El verano que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tîbuleac, con los que he llorado y disfrutado a partes iguales.
También eres una gran viajera. ¿Qué viajes te han resultado más transformadores?
Asia. Porque te obliga a relativizar absolutamente todo. Descubres que tu realidad no es la única realidad posible y la soberbia en la que vive el ser humano. Japón me fascinó y me interesa mucho el mundo árabe. A Jordania, quería ir desde que vi aquella película de Indiana Jones, fue uno de los viajes más hermosos y Petra, un lugar tal y como soñaba.
Hay un rechazo, que se explica científicamente, a nuestra propia voz cuando la escuchamos. ¿Cómo es la voz de Macarena para Macarena?
Depende de la hora. Iñaki Gabilondo, cuando se marchó de La SER, dijo “es que estoy empachado de mí mismo”. Me ocurre que hay días que hablo tanto porque aparte de la radio, tengo presentaciones etc., que acabo empachada, y al final del día solo quiero estar en silencio. Es una voz que he aprendido a abrazar, a querer. No sé si es bonita, pero intento cuidar el tono y el timbre para que sea una voz que acompañe, que no moleste y que nunca sea más importante que lo que cuenta.
Si hablamos de la voz es inevitable hablar de su ausencia, del silencio, tan importante o más para un comunicador…
Muchas veces la mejor respuesta posible es el silencio. Recuerdo una mujer que me dijo una noche: «He sido muy mala madre». Mi instinto fue contradecirla. “Ninguna madre es mala”. Pero me callé. Y entonces añadió: «Es que nunca enseñé a mis hijos a decir no. Y la vida es un continuo no». Aprendí que hay que respetar los silencios, que saber callar y escuchar es generosidad. Hubo otra llamada de una madre que había perdido un hijo y necesitaba hablar con alguien. No puedes decir nada. Entiendes que acompañar no siempre significa hablar, que hay situaciones donde las palabras dejan de servir.
¿Cuál es para ti la mejor voz de la radio?
La de los oyentes. Te dan unas lecciones de radio y tienen unas voces tan increíbles. Tengo también muy buenos referentes profesionales en mujeres como Angels Barceló que deja La SER tras 21 años.
Sigues surfeando. ¿El mar tiene voz?
La mejor voz del mundo. El mar tiene una capacidad única para abrazarte y para asustarte. He sentido muchísimo miedo y placer en el mar. Es una voz capaz de decirte que estás a salvo y recordarte al mismo tiempo que nunca tienes el control.
Ahora que das clases de canto, ¿qué voces te llegan más dentro?
La de Prince Rogers Nelson; su voz y también cómo es capaz de hablar con los instrumentos. Amo la ópera; por ejemplo, la voz de Nadine Sierra, la protagonista en el Teatro Real de Romeo y Julieta. Lo siento, pero me da mucha risa Benito Antonio, Bad Bunny. Puedo bailarlo y mover el culo, pero no me produce ningún sentimiento.
Después de tantos años a pie de micrófono, ¿qué buscas?
Estoy en paz con el paso del tiempo. Estoy preparada para recibir lo que quiera traerme la vida.