Foto de cabecera © Jorge T. Gómez
Tenía mis dudas por toda la fama que arrastra en directo el estadounidense de Jacksonville, Carolina del Norte, pero quería darle un voto de confianza y verle por primera vez. Por un lado, estaba su cancelación a raíz de las denuncias de abusos a varias mujeres publicadas por The New York Times. Pero quería separar a la persona de su obra (magna y grandiosa). Ryan Adams es un músico que al irrumpir en la escena musical supo aportar grandes dosis de magia y talento, de alguna manera reinventó el rock con esencia americana, se aproximó a la raíz del blues y le dio otro giro, y se adentró en la intimidad de las baladas que desarman. Es un músico y compositor con talento, un vocalista muy personal que sabe captar la magia, que captura le genialidad en forma de canción, y deleita al oyente. Pocos lo consiguen como él.
Pero su concierto del lunes fue una verdadera tortura de tres horas (pausa de 20-25 minutos incluida), con algunos momentos brillantes, con destellos de genio, pero con un balance en el que no sale bien parado, y que no sale a cuenta al espectador que pagó más de 35 euros por verle. Se trataba de un concierto inscrito en una gira de teatros muy especial con motivo del 25 aniversario de “Heartbreaker” (2000), un disco emblema en su carrera.
Salió ataviado como un niño grande y travieso de los años 50, americana tweed, sombrero y bastón. Todo con una escenografía muy de andar por el salón de casa, con sus alfombras y sus lámparas muy cenitales, procurando intimidad. Pero la confesión de Adams fue extenuante, delirante, rozando por momentos el esperpento. Ya desde el primer momento apareció como un manojo de nervios, criticó al público que dejará sus teléfonos móviles y paró el concierto en varias ocasiones por ello, pero otras veces por capricho suyo. También azuzó a los reporteros gráficos que tuvieron que subir al escenario a hacer fotos porque le molestaban en un lateral del teatro. Pataleo de artista maniático y caprichoso.
Su batería, roadie y hombre para todo, no dejó de llenarle (en todo momento) el vaso de bourbon o whisky. Eso sí cuando encontraba su duende, Ryan Adams, de pronto te soltaba un blues “To Be Young (Is to be sad, Is to be high)”, la belleza de “Amy”, el country de “Sweet Carolina”. Más fino y preciso a la guitarra que cuando tocaba el piano. Luego parloteaba y recordaba a su hermano fallecido o dedicaba una canción a sus padres. Era como una ceremonia catártica, inundada por sus arrebatos, por su explosión e incontinencia verbal. Más que un músico por momentos parecía un predicador pasado de rosca, un número de un reality en el que invitaba a una pareja a subir al escenario para confesar su amor y declararse en público, en una petición de matrimonio atípica. Yo asistía atónito a la entrega de un público que necesita endiosar a alguien ¿Nadie sacaba una pizca de espíritu crítico? ¿Cómo el respetable estaba digiriendo este pastiche de concierto? Por favor agarraos a la fe de algo con más sustancia que un show de Ryan Adams, porque salís escaldados y con el cerebro distorsionado.
Todo parecía delirante, estirado al máximo. Algo íntimo que podría resultar grandioso, con todo el cancionero alucinante de un músico total, resultaba ser como un mal viaje, una gaga sin gracia, una payasada mortal, un numerito malo ¿Eran los efectos del Síndrome Korsakoff o un ejercicio de delirio neurótico? No lo sé, pero creo que Ryan Adams ha perdido el norte. Y es una pena, porque el personaje devora al artista, al genio. “Heartbreaker” nos emocionó por momentos, pero su excesiva verborrea empañó un concierto en el que lo importante es la música y ésta acaba siendo secundaria. Eso sí cuando conecta con su yo músico, salen virguerías, hazañas, hitos como ese cierre final con “When the stars go blue” y “Come pick me up”, solicitadas por la audiencia, y que sonaron gloriosas. Lo dicho, cuando saca su arte Ryan Adams está en los cielos, toca el duende, consigue la magia y eleva a lo máximo sus canciones. Pero también destrozó versiones, no fue el caso con “Shame, Shame, Shame” de Jimmy Reed pero sí con la Velvet Underground o a Bob Dylan. Y también desafinó al piano. Su conato de formato de trío eléctrico funcionó a medias, por sus solos excesivos, de estrella histriónica. Claro que tuvo momentos geniales, hipnóticos, pero el problema es que por esos momentos sublimes pagas un peaje, unos aranceles, a precio de oro.
