Foto de cabecera © Blanca Orcasitas
Mi intuición me decía que pese a las entradas agotadas no podía perderme la visita del bueno de Jeff Tweedy, el líder de Wilco, sin su banda matriz, pero presentando una joya como ‘Twilight Override’ (2025). Semejante colosal último álbum (triple) en el que con cada escucha te adentras más y más en la magia de esas 30 canciones, en todos los detalles y en su universo. Consiguiendo extraer su esencia.
Sus tres últimos conciertos antes del de Madrid, habían sido ‘An Special Evening With Jeff Tweedy’ en Lisboa, A Coruña y Donosti, donde actuó en solitario en acústico, con un repertorio que incluía su último disco pero también muchas canciones de Wilco con guiños a Golden Smog y Uncle Tupelo.
Para alegría nuestra, me entero que para el concierto de Madrid, no viene en solitario, sino que le acompaña un quinteto sorprendente formado por sus hijos Sammy (teclados y coros) y Spencer Tweedy (batería y coros), Sima Cunningham (bajo y coros), Macie Stewart (violín, guitarra y teclados) y Liam Kazar (guitarra acústica, eléctrica, bajo y coros). A los que presentó con honores alabando sus proyectos en solitarios.
Con una especial alquimia, y una conjunción perfecta, el sexteto fue adentrándose en el universo de unas canciones que son historias, verdaderas de lo cotidiano, que desprenden belleza. Los solos de guitarra eléctrica eran puro desgarro vital. El ruido como reacción necesaria ante la alergia vital que nos produce esta época en la que se ha perdido el decoro, la dignidad y reina el miedo, el odio y la violencia. Pero amig@s, afortunadamente contamos con la música como refugio. El sexteto ataca ‘Feel Free’ y un invisible espíritu colectivo, de comunidad, parece que se abre paso en el ambiente. La querencia por canciones como ‘No One’s Moving On’ que son letanías vitales −y también vocales porque benditos coros−, que invocan a la amplitud de miras, y nos sacuden entre guitarrazos, despechos, desmanes y espíritus como ánimas fantasmales.
“Cuando escribes una canción creo que intentas mantener al oyente enganchado, y que lo haces con la esperanza de que ocurra sorprendiéndolo con las letras o con algo que se sienta que está vivo. Y cuando estás creando un disco haces lo mismo: intentas diseñar una especie de montaña rusa, que invite a la gente a seguir escuchando lo siguiente. Deseando que les sorprenda. No sé explicarlo mejor que como una sensación que yo tengo y que espero que el resto también la tenga. Me entusiasma encontrar algo inesperado en una canción propia”, Comentaba Jeff Tweedy en la excelente entrevista que Elene Arandia le hizo para El Diario Vasco.
Y es que Tweedy nos introduce en ese contraste de sensaciones, también en terrenos oscuros, con los que dialogamos y asistimos como espectadores, o protagonistas puntuales, según el poder de nuestro imaginario. Baladas que nos emocionan como ‘Cry Baby Cry’, ‘Enough’ o el folk de ‘Sign of Life’. Los juegos vocales, de tres o cuatro voces son un acierto pleno. Pero también esos toques de teclados, o el violín acentuando la magia, aportando luz y brillo a unas canciones sinceras, hipnóticas, como ‘Caught Up in the Past’ o ‘Forver Never Ends’.
Ese día bonito que señala ‘Stray Cats in Spain’, nos emociona desde el rasgueo melódico de las cuerdas, y el violín dejando un rastro de belleza y nostalgia. Nos encanta el rock más afilado de ‘Lou Reed Was my Baby Shitter’ con ese verso insolente que es “porque el rock n’ roll está muerto, pero la muerte no muere”, o las cuatro canciones que sonaron de Tweedy, donde la batería de Spencer marca atmósferas totalmente hechizantes que juegan con el contratiempo y la querencia por el ritmo roto. Todo fluye con total naturalidad, por ejemplo con ‘KC Rain (No Wonder)’, elementos de la naturaleza que ejercen sus quehaceres sin mayor prestancia que la que obliga su biología. Hasta nos encantó en los bises la versión de una rareza de Queen ‘Fat Bottomed Girls’.
El concierto de Jeff Tweedy de anoche nos reconcilió con la vida, con la música, supuso el triunfo de las canciones, la magia provocada por la conexión entre músicos y la generación de un vínculo especial con el público. El estadounidense fue un maestro de ceremonias sencillo pero entregado, sin ninguna grandilocuencia, todo fluyó de manera muy casual, cual líder campechano con su ‘pelazo’ canoso libre y sus gafas de boomer intelectual (pero rompiendo el tópico, sin resultar pretencioso), con camisa azul y vaqueros. Sorprendió, eso sí, la exhibición de guitarras acústicas y eléctricas de Jeff, rasgó más de media docena, y con cada una extrajo increíbles melodías y solos. Pero vamos, lo que ocurrió fue digno de experimentar, de vivir, porque se alinearon los astros. Se obró algo así como el milagro de la conexión cósmica. Presenciamos la grandeza de la música en todo su esplendor y sencillez. Y nosotros, −el público−, lo vivimos embobados. Es la magia de la música en directo, el poder de la música como una energía sanadora.