Foto promocional de Maui de Utrera
El sexto álbum de estudio de la artista sevillana lleva los afectos a los fogones y crea un repertorio que se degusta más que se escucha. Ella misma lo bautiza como un menú de ocho pases con varios entremeses: 14 canciones que duran 29 minutos. O, dicho en términos de cocina, el tiempo de cocción justo para servirlo en su punto.
Difícil de encerrar en una sola etiqueta, Maui de Utrera se ha movido siempre entre lugares aparentemente distintos: creció entre los quejíos de Bambino y la guitarra de Miguel Ramírez, pero también junto al violonchelo, la música clásica y los discos de The Beatles. Más de veinte años de carrera después, sigue buscando nuevas formas de contar, ahora con ganas de hacer un disco de rumba flamenca.
Después de casi tres años de trabajo, el nuevo disco se estrenará en Madrid antes de continuar su recorrido por varias ciudades de España y del mundo. Para Madrid, Maui se reserva además un par de fuera de carta.
Con la picardía y el humor que la caracterizan, esta “contaora” utiliza la gastronomía para contar los quereres: historias de amor, desamor, expectativas, divorcios y todo lo que cabe entre unos fogones. A fin de cuentas, ¿qué sería del lenguado sin su acelga? Pues, como reza una de las canciones del disco, seguiría congelado y sin vivir un amor tres estrellas Michelin.
Vienes de una familia donde el flamenco se pone en la mesa prácticamente antes que la comida ¿Cuánto queda de aquella niña que creció en Utrera en la música que haces hoy, en la Maui de ahora?
La curiosidad. Sigo teniendo la misma curiosidad. Yo era una niña muy observadora, una gran escuchadora. Yo decía que además quería ser escuchadora del cielo, que es una profesión que existió en su momento. Las personas se ponían unas trompetillas y escuchaban las tormentas, cómo se mueven las nubes… Y yo quería ser eso, pero luego no había esa carrera de adulta. Creo que lo que permanece es esa curiosidad y esa ilusión. Cuando algo te gusta, dices: «Yo quiero saber esto».
Han pasado más de veinte años desde aquellos primeros trabajos con Maui y los Sirénidos. Siempre me ha llamado la atención ese nombre ¿De dónde salió y qué representó para ti?
Mi nombre real es María Luisa. En Utrera, que es mi pueblo, en el sur de Andalucía, nos comemos las sílabas y reducimos los nombres. Entonces María Luisa derivó en Mauisa y Mauisa en Maui. Cuando llegué a Granada a estudiar mi carrera, conocí a unos músicos increíbles y empecé a pensar qué podía hacer con ese nombre. Y ahí aparecieron los Sirénidos.
Me pareció que Maui, que también es una isla pequeñita y volcánica de Hawái, tenía mucho que ver conmigo. Y pensé: ¿por qué no Maui y los Sirénidos? Empecé a jugar con eso y hasta hoy se me ha quedado Maui.
En tus canciones, incluso cuando hablas del amor, hay espacio para la picardía, el humor y el juego ¿Qué te permite contar la risa que no te permitiría la solemnidad?
El humor es un ingrediente secreto, aunque no tanto, maravilloso para poder decir cosas serias y cosas importantes desde un lugar en el que tú puedas escoger lo que quieres. Cogerlo, macerarlo y quedártelo para ti.
Cuando las cosas son tan solemnes, a mí me aburren. Sin embargo, tengo la capacidad de reírme de mí misma o de una historia de amor o de desamor que yo haya vivido. Desde luego, la digiero desde otro lugar que si me la cuentas desde la solemnidad.
En Cariño, pásame el pan llevas la cocina al territorio de las emociones ¿Qué viste en ese cruce que te dio la idea de construir un disco entero?
Yo estaba haciendo un potaje con una olla exprés, pero estaba abierta todavía, no la había cerrado. Y empecé a pensar: «Bueno, ¿qué tiene en común querer y guisar?». Y pensé: «¿Todo?». O sea, viene a ser lo mismo, querer y guisar.
Los dos requieren de la intuición, del echar un poquito, probar, corregir. No vale la Thermomix, tiene que ser la olla. Esa forma de cocinar es la que me lleva a entender el querer como un amor a fuego lento: un amor de amistad, de madre a hijo, de relación, de matrimonio, de lo que sea. Todos los sentires y todos los quereres caben dentro de una olla. Y me pareció que tenía una profundidad tal que me metí de cabeza. A día de hoy, el disco es un menú y estoy sacando ya un fuera de carta.
Has hablado de investigación y de experiencia ¿Qué descubriste durante ese proceso que terminó entrando en las canciones?
Yo, que trabajo con la ficción y me gusta la autoficción, creo que es la primera vez en 24 años de carrera que el disco contiene trazas de realidad.
Experimenté muchos de los quereres y de las cocinas que se escuchan en el disco. Desde un recetario hasta preguntarme cómo se cocina un soufflé de expectativas, una tortilla de oportunidades o un divorcio caramelizado. Ese tipo de cosas empezó a darme curiosidad: qué ingredientes utilizaría, cómo jugaría con ellos.
Pero lo más emocionante para mí ha sido escribir las letras y encontrar textura en la palabra. Que haya canciones caldosas, crujientes, melosas, rebozadas, empanadas. Que escuches el disco y tengas un sabor, que te lleve al paladar. Eso ha sido lo más interesante de la investigación.
Y al descubrirte también a ti como persona y como artista, ¿con qué ingrediente o receta te identificarías más?
A mí me encantan unas papas fritas con huevo. Primero, por lo sencillo, lo humilde que puede ser un plato y a la vez tan exquisito. Eso sí, que las papas sean, por favor, de verdad, no congeladas. El momento en el que metes la papa o el cachito de pan en la yema y se rompe es sublime. Para mí, todo lo que represente un momento muy pequeñito, pero que te lleva a un olor, a un sabor, a un lugar, a una persona o a un recuerdo me representa absolutamente.
¿Te gustaría volver a hacer un disco conceptual (universo temático) o sientes que Cariño, pásame el pan era una excepción que pedía esa forma de trabajo?
Mi mente ya está avanzando fuertemente. Es la primera vez que hago un disco temático. Normalmente hago canciones y, cuando hay un puñadito hago un disco. Pero me ha gustado tanto esta experiencia que quiero continuar obligándome un poco a entrar en temáticas.
Me interesa mucho el tiempo. Quiero hablar del tiempo, dentro del tiempo, la muerte, lo efímero que somos y la importancia de estar aquí. Todo eso lo tengo como autora pendiente y sé que en algún momento va a salir.
Pero también tengo muchísimas ganas de hacer un disco de rumba, cosa que no me he atrevido hace muchísimo tiempo porque soy de familia rumbera y para mí era una responsabilidad enorme y, de repente, ahora me siento con ganas de hacerlo.
Hablas a menudo de autoficción. En Cariño, pásame el pan, ¿cuánto hay de Maui y cuánto hay del personaje que has construido para contar estas historias?
Cariño, pásame el pan es una excepción absoluta en mi vida porque me encanta la ficción. Me he implicado mucho en los sabores y los sentires. He vivido algunas de las historias que se cuentan y algunos sentires e incluso he probado algunos sabores. Me he ido a Jerez a probar un corazón de alcachofa y, cuando lo he probado, he ido a la cocinera y le he preguntado: «¿Cuál es tu técnica?». Así escribí Corazón de alcachofa.
Después de tantos años, te han definido como cantaora, cantautora, «cantactriz» o «contaora» ¿Hay alguna de esas palabras en la que hoy te reconozcas especialmente?
Las definiciones siempre las ponen los demás. Yo nunca he sabido definirme. Pero de las que me dicen, en este instante, contaora sería con la que me siento más cerca de mi raíz. Creo que la edad te va dando eso. Como un círculo en el que primero investigas, experimentas, te caes, te levantas y luego vuelves a donde estabas en origen, pero para reinventarte y elevar las ramas de ese árbol. Siento que estoy en ese punto
Has construido una trayectoria muy personal, bastante alejada de las fórmulas mainstream ¿Qué has ganado y qué has tenido que sacrificar para mantener esa libertad creativa?
Creo que dentro de la industria soy como una especie de excepción. Tengo la suerte de tener un pie en ambos lugares, evidentemente mucho más firme en el arte que en la industria. Pero para mí el valor que tiene ahora mismo mi proyecto está sobre todo en la admiración de mis compañeros. Ahí me siento muy querida.
Por ejemplo, a la presentación de mi disco vienen La Mari de Chambao, Vanesa Martín, la humorista Maru Candel, mi madrina Martirio (María Isabel Quiñones) y el gran cantaor Tomás de Perrate. Son personas a las que admiro y que vienen porque quieren disfrutar conmigo de esa experiencia. Para mí, ese es el regalo de la industria: mis compañeros.
Concierto de Maui de Utrera en Madrid
Fecha: 27 de septiembre
Hora: 13:00 h
Precio: 22,50–31,50 €
Lugar: Teatro La Latina


