Fotos: © Sergio Albert
Había visto a Tame Impala en la edición del Primavera Sound de 2016 y me había dejado a medio gas, algo frío. Pese a que su propuesta mezcla el indie con la electrónica, en una combinación a priori jugosa y resultona, tenía la duda de si el concepto y la propuesta podrían haber crecido. Por ello quería confirmar cómo se encontraba su directo con la excusa de Deadbeat (2025), su álbum más electrónico. Asistía así con expectativas. La banda salió a por todo desde que acometieron Apocalypse Dreams, una muestra de su cara más melódica, pop y psicodélica.
Una cúpula octogonal, y una suerte de escenario esférico, como un pequeño universo, lanzando una serie de ramos lásers alucinantes. Todo ese panorama me retrotraía a un concierto de Orbital o de The Chemical Brothers. Sí, señor. Tame Impala no escatiman en montaje y experiencia sensorial desde el primer momento. El sonido hace justicia. Me dice por mensaje Quintín, de Quentin Gas y los Zíngaros, que Parker canta bien y le digo que bueno, que vale, pero que yo me quedo con otros registros vocales.

En esa primera parte, la banda pisa el acelerador, secuenciando muy bien el repertorio, el tempo y la progresión. Borderline imprime un pop electrónico inquieto y seductor. Una magia que se dispara con Gossip, pero sobre todo con el riff de Elephant, con Feels Like We Only Go Backwards o con Dracula. Todo está calculado al milímetro y funciona, sí. A pesar de que Parker confundió en un momento al público madrileño con el portugués (había actuado las noches anteriores en Oporto y Lisboa). Pero algo me parece impostado, poco natural. No sé si es que a estas alturas no me convence (o me cansa) el falsete de Parker, como me llegó a cansar en su momento la voz de Billy Corgan (a pesar de contar con canciones redondas y álbumes eternos).
El espectáculo es digno de ver. El diseño de iluminación es flipante: ¿Lo vale? Los precios de las entradas desde 76 euros hasta los 120 euros, convierten el indie de Tame Impala en cosa de ricos. El público, con una buena cuota de extranjeros, no para de hacer fotos, o de iluminar sus teléfonos en alguna canción que baja de cadencia, en una postal iluminada del Arena. Unas chicas jóvenes se ponen un pañuelo a modo tuareg ¿efecto Oliver Laxe o es el hippismo del siglo XXI? El sonido hace justicia, aunque por momentos los graves, las bases, se saturan.

En una segunda parte, en un escenario más cerca de la mesa de sonido, Kevin Parker parece tirado en la alfombra de su salón, con sus teclados y máquinas a su alcance, disparando las texturas instrumentales de No Reply. Resulta una exhibición un tanto narcisista, como si quisiera mostrarnos su mundo privado. Antes había sido más explícito cuando una cámara le siguió por detrás hasta al baño. Cero interés. ¿En qué momento el indie se convirtió en un reality? Parker permanece en ese segundo escenario con Ethereal Connection calentando el ritmo.
Se incorpora la banda con Not My World y llega el momento cumbre con Let It Happen, ¿fiesta o rave improvisada? La banda sube la intensidad, y el público cae rendido. Pero a partir de ahí el repertorio decae, se pierde la intensidad. Remonta por momentos en los bises con My Old Ways, The Less I Know the Better, para culminar con una radiante End of Summer. Fue un concierto espectáculo, con sus aciertos, pero un tanto disperso.