Fotos: Luis Cortés
Lo que realmente fascina de Luis es el contraste: tras su imponente voz y madurez artística, sobrevive una personalidad genuinamente inocente, una rara avis cuya humildad y transparencia resultan casi anacrónicas en la maquiavélica industria musical.»
Se te etiqueta como la gran revelación del momento, pero hace no mucho trabajabas en un almacén. ¿Cómo se digiere un cambio tan drástico?
Lo llevo muy bien. No sé exactamente cómo definir la palabra «éxito», pero si esto es lo que dicen que es, para mí es una bendición. No lo tomo como una faena o un trabajo pesado porque amo lo que hago. Son muchos viajes y conciertos, pero trato de disfrutar cada segundo. Al final, eso es lo que me voy a llevar: los momentos vividos más allá de la fama.
Te criaste en las 613 viviendas, un barrio con mucha identidad. ¿De qué manera ha influido ese entorno en el artista que eres hoy?
Mi barrio me encanta; allí somos todos una piña, una gran familia. Creces rodeado de gente que te cuida aunque no sean tu sangre directa. Tuve una niñez muy bonita y conservo a los mismos amigos de siempre. Ellos son los que me paran los pies, los que me mantienen en la tierra y me hacen seguir fiel a mi manera de ser.
¿Sientes que ahora te ven como un referente? ¿Pesa esa responsabilidad?
Mola mucho, la verdad. Tengo cinco sobrinos y un hermano pequeño, y me gusta pensar que puedo ser un ejemplo para ellos. He vuelto a mi antigua escuela a dar charlas y les digo a los niños que los sueños se cumplen con disciplina y trabajo. Ver su ilusión me llena mucho más que el reconocimiento de los adultos.
¿Qué supone para ti venir a Madrid?
Me encanta Madrid. Es cierto que tiene mucho caos, pero siento que aquí el tiempo pasa muy rápido y también se aprovecha muchísimo. Me gusta perderme por sus calles, conocer su historia; siempre que vengo me gusta andar y descubrir rincones. Además, tengo un público aquí que me apoya muchísimo y eso me hace conectar de una manera especial con la ciudad.
El título de tu álbum y de tu gira es Corazón Negro. ¿Qué encierra ese concepto?
Corazón Negro nació a raíz de Dolores, un EP dedicado a las musas que marcaron mi vida. De tanto padecer por amor, de no llegar a entenderlo, uno deja de creer un poco. Se te queda un corazón que no quiere sentir ni volver a sufrir más. Un corazón negro define exactamente ese estado: un corazón blindado por las vivencias.
En tu sangre se mezcla la herencia gitana de Valencia con la ascendencia africana. ¿Es la fusión, la mezcla, la única verdad posible en la música actual y también en el mundo?
Totalmente. Me apasiona el choque de culturas. Cuando unes géneros y vivencias diferentes surge una magia especial. En este disco hemos jugado mucho a fusionar la pureza del flamenco, que para mí es la rama más sentida de la música, con el pop, la música negra y otros ritmos. Es un juego en el que siempre quiero participar.
El racismo sigue siendo una lacra, especialmente hacia el pueblo gitano. ¿Cómo lo gestionas tú desde tu posición viajando por toda España?
Hay de todo, gente que asume que no todos somos iguales y gente que va a hacer daño. Mi política es no darle «bola» a eso. Si te centras en el racismo, le das un peso que hace daño a quien lo sufre. Yo prefiero usarlo como motivación: si hay algo de mí que no te gusta por mis raíces, voy a seguir haciéndolo cada vez mejor hasta que te guste.
En tu tema Libre como el mar dices: «Dicen que los hombres no lloran». ¿Es hora de que el flamenco y la música urbana rompan con esos estigmas?
Sí, es hora del cambio. Yo era una persona que no hablaba de sus emociones, me habían enseñado que los hombres debemos ser fuertes. Pero me estoy conociendo mejor, aceptando mis defectos y virtudes. Los hombres lloramos y sentimos. Interiorizar eso me ha ayudado a no hacerme daño a mí mismo por callar lo que siento.
Tu colaboración con Camilo sorprendió por lo diferente de vuestras voces y personalidades. ¿Cómo surgió ese encuentro?
Fue increíble. Él me habló por Instagram porque le gustaba mi música; que un artista mundial rompa esas barreras y te reconozca así dice mucho de él. Coincidimos en los Latin Grammy en Miami, desayunamos juntos y todo fluyó de forma muy natural. Me contó que a su hija le encantaba mi canción «Me duele quererte», aunque la niña preguntaba que por qué lloraba yo tanto al cantar. Tuve que grabarle un vídeo explicándole que no lloraba, que es solo mi forma de interpretar (risas)
De un barrio humilde a viajar cinco veces a Miami. ¿Qué se siente al ver ese «escaparate» de rascacielos y coches de lujo?
Es una locura, como estar dentro de un juego de la Play. Te hace reflexionar. A veces vivimos en una «pecera», con una rutina de trabajo y descanso de la que no sales. Ver mundo te ayuda a entender que hay vida más allá de tu zona de confort, que el horizonte es mucho más amplio.
Se acerca el final de la gira el 18 de abril en el Palacio Vistalegre de Madrid. ¿Qué podemos esperar de esa noche?
Es el concierto más grande de la gira y queremos descargar allí todas las emociones acumuladas. Seguiremos fieles al concepto del show —que incluye visuales que cuentan mi historia— pero habrá sorpresas, artistas invitados y quizás algún tema inédito. Para mí es el cierre de un ciclo, una etapa de sanación que he compartido con el público. Ese día nos van a brillar los ojos a todos.