Foto de cabecera © Fundación Scherzo
Cada vez que acudo al Auditorio Nacional me digo que algo tiene que suceder para encontrarme con una sala más rebosante. Aún hay margen, no todo está perdido. Sigo creyendo que no es misión imposible. Pero algo tiene que ocurrir, y existen elementos que lo pueden propiciar y facilitar, para que la música clásica vuelva a conectar con la sociedad, y un gran público, en lugar de ubicarse en un lugar redicho e inalcanzable para el resto de los mortales. Para ello deberían nombrarse como embajadores a aquellos músicos que tienen la virtud de divulgar, sabiendo conjugar técnica, con sentimiento y a la vez elaborando un programa musical magnífico, mágico. Ese tipo de músicos tienen mucho de didáctico, y sin desvirtuar complejidad, acercan la clásica al público y la convierten en algo latente, tangible y a la vez que bello y perfecto.
Entre esos músicos estaría el pianista onubense Javier Perianes, que el martes pasado nos regaló un concierto sublime, majestuoso, de esos que no se olvidan por lo bien interpretado, por la intensidad emocional a la que se expone y la descarga vivencial a la que somete al público. En esta ocasión, en el año de celebración del 150 aniversario del nacimiento de Manuel de Falla nos ofreció un suculento programa. A base de una primera parte con un diálogo fluido y hermoso entre Manuel de Falla y Frédéric Chopin. Como por arte de magia creó una conversación entre dos compositores excelsos. Los nocturnos, y las mazurkas, de ambos dialogaban de tú a tú. Luego la ‘Serenata Andaluza’ del gaditano contrastaba con el ‘Vals, Op. 34 nº 2 de la menor’ del polaco. Todo ello para acabar en la serenidad de la ‘Canción’ de Falla y el contrapunto de la ‘Berceuse, Op. 57’ de Chopin. Un regalo fue esa primera parte en estado de gracia. La Europa del Este dialogando con la del Sur. En un encuentro de sonoridades, en una celebración de la música y sus raíces. Eso es lo que fue la primera parte del concierto, un festejo de orígenes, de idiosincrasias, en pos de la belleza enlazando los albores de la hermandad.
En la segunda parte, Perianes quiso hermanar a dos de nuestros grandes artífices musicales, Falla e Isaac Albéniz. Falla de nuevo liderando cuatro piezas españolas, Aragonesa, Cubana, Montañesa y Andaluz, que extraen nuestro código musical, en un arranque de orgullo sonoro (más que patrio) que nos conecta con nuestros ancestros y que evoca el poderío de la música popular llevada a los más altos cánones, en toda su riqueza y esplendor, convirtiéndola en algo de una hermosura terrenal, pero también dotado de un alma única. En el caso del gerundés Isaac Albéniz, acudió a una selección de Iberia (Evocación, El Polo, Almería y Triana) que también ensalza nuestras raíces y que eleva nuestro patrimonio musical a las alturas. Otro acierto de Perianes este diálogo sentido, extracto de lo que deviene nuestro país cuando recoge sus frutos más preciados, los funde de belleza y los transmite con máxima franqueza en toda su grandeza. Hubo dos propinas, dos sorpresas, homenaje a Alicia de Larrocha, quién en el pasado interpretó y registró estas dos piezas en grabaciones, la Suite Española nº1 de Albéniz y la Danza del ritual del Fuego Fatuo de El Amor Brujo de Falla. Impresionante. Poniendo la guinda a un concierto que fue sublime en diálogo y poder evocador. Y apelando a las raíces, a las nuestras y a la hermandad europea. Que la música nos siga gobernando así.